EL FÚTBOL NO ERA ASÍ

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Supongo que hoy, con esta liga futbolera nuestra de galácticos, sería impensable, pero de chavalines migrábamos a la cancha situada en las afueras del pueblo para ver jugar al modesto equipo local. Ni siquiera nos molestaba la fatigosa caminata. Como no existían las redes sociales, con algo debíamos de matar el tedio.

Cierto es que un factor de máxima tensión alimentaba nuestras expectativas: el padre de un amiguito, por otra parte un señor extremadamente bondadoso, se transformaba en basilisco durante esos encuentros y no era raro que tratase de agredir al árbitro si consideraba que sus pitidos favorecían poco nuestros sagrados colores. «¿Saltará al césped el padre de Fulano?». Esa era la pregunta que flotaba sobre nuestras crueles cabezas infantiles. Por supuesto, Fulano nunca acudía porque observar a su padre metamorfoseado en titánica furia le sumía en un bochorno absoluto. Se contaban leyendas, sobre ese padre. En cierta ocasión persiguió a un colegiado hasta Cullera para averiguar dónde moraba. Luego, superado el sofoco, jamás optaba por la venganza, pero se conoce que esos arrebatos, por algún motivo, le reconfortaban. El presidente del equipo griego PAOK irrumpió el otro día sobre el campo para amenazar al árbitro. Pero actuó blindado por sus gorilas, y de esa guisa, con su guardia pretoriana, sólo evidenció su cobardía de matachinches. Exhibió su cacharra como un pistolero bocazas de 'Deadwood' que ha pimplado demasiado en el salón. Tanta pose de machote artificial logró que le tomásemos por un papanatas ávido de reconocimiento. Los tipos duros de verdad no precisan de esos lucimientos. El padre de nuestro amigo Fulano se limitaba a lanzar el puño como Ruiz Mateos contra Boyer y jamás se parapetó tras guardaespaldas armarios o hierros letales. El fútbol, antaño, gastaba aire romántico.

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