El Funcionariato

CÉSAR GAVELA

En 1975 el sociólogo Amando de Miguel publicó un libro muy novedoso entonces, sobre las diferentes etapas del régimen de Franco. La última, la iniciada a mediados de los años 60, la definió como El Funcionariato. El tiempo en que la dictadura se parapetó detrás de muchos empleados públicos, en su mayoría muy brillantes, que asumieron las carteras ministeriales en los tiempos de la 'modernización' del régimen. El Funcionariato era un aburrimiento espantoso, pero, al menos, articuló avances económicos y sociales. Y siguió construyendo pantanos. Y encarcelando a los disidentes.

El Funcionariato era una maquinaria sin alma, pero con eficacias modestas, con corrupciones silenciosas. Aquellos altos burócratas -en gran parte procedentes de familias de clase media baja de las diversas provincias de España que habían triunfado gracias a su estudio y sacrificio- eran gentes minuciosas, asustadizas y poco políticas. Porque la política de verdad la hacía el dictador y sus ministros de confianza -López Rodó, Arias Navarro, Girón de Velasco, etc-. Los otros ministros eran técnicos, no eran estrategas.

Pues bien, tantos años después, España vive en otro Funcionariato. Tras las muy ambiciosas e históricas etapas de Adolfo Suárez y Felipe González, tras los logros presupuestarios de Aznar y las ilusiones despertadas por ZP (que terminaron en ruina económica, guerracivilismo y firme avance hacia el desastre catalán), han regresado los del Funcionariato.

Los que saben mucho de números y decretos. Los que solo alegan asientos contables para justificarse. Como si España fuera un inmenso almacén de tornillería. Casi todos los ministros actuales son émulos, en democracia, de aquellos señores de hace 45 años. Todos incapaces de articular discurso alguno que seduzca, tranquilice y cohesione. Por otra parte, tampoco podrían hacerlo porque su hiératico jefe no lo consentiría, como bien probó García-Margallo. Rajoy es el super-funcionario. El que ha formado un gobierno de funcionarios. El de la prosa eternamente leguleya. El que solo lee la prensa deportiva, o eso dice. El que nunca va al teatro, ni a un concierto, ni jamás se le ve con un libro de creación literaria, de ensayo actual, de nada. Él solo ofrece cuentas. Y una altanera indiferencia para con algunos colectivos. Como el de los pensionistas, sometidos a la congelación ritual de sus haberes. Estamos en tiempos de políticos pétreos, al margen de sus hazañas oficinescas. De políticos que no transmiten casi nada. Y lo peor es que los que sí quiere transmitirlo, solo ofrecen odio, mentiras y robos, como los separatistas catalanes. O como el narcisista radicalismo de Podemos. Y así pasamos el tiempo, entre el odio y el tedio. Sin proyecto nacional, sin imaginación, sin sensibilidad. Y a todo esto pónganles el tono de voz agudo-recaudatorio de Cristóbal Montoro, y apaga y vámonos.

Fotos

Vídeos