FUEROS Y DESAFUEROS TELEVISIVOS

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Ya tenemos fecha para el feliz alumbramiento de la vieja-nueva Canal 9. Y para despejar cualquier duda acerca de la ceremonia y sus intenciones, el ojo más agudo de nuestras cartas al director, Alberto Asensi, nos remite la crónica de los estimados colegas de La Vanguardia: «À Punt, la nueva RTVV, comenzará sus emisiones en pruebas el próximo 25 de abril, 'diada' oficiosa del País Valencià que conmemora la derrota de la Batalla de Almansa y la pérdida de las libertades del pueblo valenciano». Quizá por interpretaciones así de libres, Cataluña está hoy como está. Se promueven equívocos durante años y los talibanes acaban por desatarse, imponerse y hasta arrinconar a los consentidores de las ficciones históricas. Ni en Valencia existe una diada replicante de la de nuestros vecinos (ni oficial ni oficiosa), ni la Comunitat se llama País Valencià, ni desde luego las libertades del pueblo valenciano pudieron perderse en la batalla de Almansa. Que hay que tener unas tragaderas como las de los medios de comunicación privados catalanes con el nacionalismo para infundir la ilusión de que hace trescientos años por aquí alguien acabó con algún sistema de libertades o protodemocracia, pero eso es lo que han enseñado mucho tiempo allí arriba y pretenden inocular ahora aquí de la mano del conseller Marzà.

Ilustración: Sr. García

Enseguida vamos a lo de la tele, pero antes toca aclarar los desafueros fueriles en los que incurren los socios botánicos, como buenos propagadores del mito catalanista.

En Almansa batallaron dos ejércitos extranjeros, porque se dirimía una gran pugna entre las potencias europeas por el dominio del continente y los españoles apenas fuimos un eslabón secundario. En el bando austracista, absurdamente señalado como supuesto defensor de los fueros, participaron 15.000 soldados, ninguno de ellos valenciano.

Ninguno es ninguno. Los valencianos, fíjate, no se implicaron en la defensa de sus libertades, quizá porque eso no es más que otra fábula de la fábrica de mentiras del nacionalismo. Sí hubo en cambio trescientos paisanos que estuvieron justo en el lado contrario, o sea, junto al aspirante borbónico,¿atacando sus propias libertades como colaboracionistas del enemigo? Por supuesto que no. Porque aquello no fue una guerra de Castilla/España contra Valencia/Cataluña como se pretende hacer creer, sino una lucha de poder en las elites, divididas en función de sus intereses particulares.

Lejos de ser una anécdota, la fecha elegida para su nacimiento resulta un símbolo ideológico de la televisión que se nos avecina

En todos los territorios hubo partidarios de uno y otro candidato. Los que ganaron y los que perdieron no se representaban más que a sí mismos y carece de fundamento dotarlos de cualquier legitimidad como portadores de los derechos del pueblo o sus libertades. No fue un conflicto entre el centralismo y la periferia, sino entre las familias dirigentes del antiguo régimen enfrentadas por sus privilegios, donde además los nuevos poderes emergentes chocaron con las oligarquías seculares porque querían acceder a parte del pastel. Y puestos a verlo en clave democrática, que ya es tener ganas, vencieron los nuevos/progresistas frente a los viejos/reaccionarios.

Los fueros en el siglo XVIII justamente ya representaban valores antidemocráticos, porque blindaban la supremacía de la clase superior frente al 90% de la población, sometida todavía a no pocas servidumbres.

No pocas veces, la monarquía y el estado centralista funcionaron como aliados del pueblo llano frente al egoísmo de las noblezas localistas; fueron su protección y escudo por confluencia de intereses contra las elites dirigentes escudadas en los fueros. El acabose es que la izquierda igualitaria lleve décadas idealizando un modelo estamental y aristocrático por mera herencia del romanticismo nacionalista.

Presidencia ha perdido el control porque Compromís, o un comando exaltado de Compromís, le ha quitado el juguete de las manos

Valga la digresión. Porque lejos de ser una anécdota, la fecha elegida para su nacimiento resulta un símbolo ideológico de la televisión que se nos avecina. Desconectarse de España, así de sencillo. Sus responsables y quienes les apoyan han tenido siempre a TV3 como referencia.

TV3 precisamente, aunque ahora procuren ocultarlo. TV3, la principal palanca social de la deriva independentista a fuerza de proselitismo y manipulación grosera. La directora general seleccionada, Empar Marco, procede de esa casa y no se privó de ensalzar a Ribó, a Oltra y otros, hasta que comprendió que era mejor borrar los tuits para eliminar cualquier rastro sobre su dependencia profesional. La segunda al mando, Esperança Camps, fue consellera independentista en Baleares y todavía hace pocos meses se confesaba «emocionada» con el discurso en el que Carles Puigdemont convocó el referéndum ilegal del 1-O. El hombre fuerte de la cadena es un autocantante y profesor de periodismo asimilado. Xambó nada sabe de periodismo ni se le conoce logro alguno, salvo sus maneras de inquisidor frailuno contra profesionales de toda condición; su doctrina sobre «las informaciones innecesarias» bebe sin duda de la censura de otra época.

Y, entrando en la mera gestión, la televisión de Castilla y León funciona con un presupuesto inferior a veinte millones, la de Canarias con menos de treinta millones y la de Aragón con cuarenta. Debieran ser los modelos de referencia adecuados, puesto que surgieron hace poco con recursos acordes a estos tiempos. En la Comunitat, en cambio, se mira a los modelos obsoletos de hace treinta años, o sea se pretende reimplantar la fracasada Canal 9, a la manera de la vieja TVE, que nació hace setenta años. Se arranca con sesenta millones de gasto, que pronto serán muchos más. Se pide una plantilla de 600 personas, el doble que cualquier televisión nacional. Se recurre al amiguismo en los sistemas de contratación de directivos y se da preferencia a los antiguos trabajadores, ignorando el marco legal y la igualdad de oportunidades, para asentar una base clientelar. De todo ello, difícilmente podrá desarrollarse un medio profesional, cualificado y eficiente; ideologías al margen. Se ha pasado por alto el papel desempeñado por el exsíndic de Podemos, Antonio Montiel, impulsor de la ley audiovisual que prima a los extrabajadores de la casa, a quienes curiosamente tuvo antes como clientes en su despacho de abogados; si esto no es una colisión de intereses, no sabemos qué puede serlo, y si esto no es una puerta giratoria o una puerta trasera ignoramos cómo calificar con mayor precisión la confluencia de la legislación con los intereses de una parte.

«Nos van a hacer perder las elecciones, menos mal que no están emitiendo con el actual lío en Cataluña porque nos llevarían a la catástrofe». Estas palabras no son de ningún dirigente de Ciudadanos o del PP, sino del entorno de Ximo Puig. Con razón. Presidencia ha perdido el control de la televisión, porque Compromís, o un comando exaltado de Compromís, le ha quitado el juguete de las manos. Son como el coronel Kurtz de Coppola, están fuera de control en la isla de Burjassot, a punto de regar las ondas con napalm nacionalcatalanista.

Que pierdan cuidado, no obstante. Con esos mimbres, el fracaso de audiencia está garantizado de antemano. Eso sí, habremos tirado un montón de dinero por la alcantarilla que buena falta nos hace para tantas cosas.

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