Fuentes y Cifuentes

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Fuentes bien informadas me comunican que Cifuentes tiene razón y todos los demás implicados mienten. Cifuentes cursó el máster, se aplicó en clases presenciales ocupando las primeras filas del aula, participó activamente en las discusiones e interpeló a sus profesores con preguntas siempre inteligentes, superó con holgura las asignaturas y elaboró en persona, robando tiempo a sus obligaciones institucionales, un trabajo final excelente, me dice 'Garganta Profunda' con su voz de barítono sibilino. Todos mienten por conveniencia, excepto Cifuentes, reina zarzuelera incapaz de abdicar del trono matritense, aunque quizá se entienda con la parentela política mejor que la reina oficial.

Cifuentes es víctima de una conspiración de la universidad, donde enemigos ocultos le han tendido una trampa falsificando todos los documentos y las pruebas, como en una pesadilla paranoica. Su vida se ha transformado en un infierno por culpa de profesoras falsarias y aviesos directores de máster, por no hablar de los rectores, notorios defensores de cualquier impostura, como me cuenta con ironía mi confidente en la sombra. Ya se sabe que la universidad es un ente poco fiable, propenso a bromas infames. Y acostumbrado a burlarse de las expectativas de conocimiento de quienes se le acercan con la legítima intención de prepararse para un mercado laboral cada día más exigente. Y la infeliz Cifuentes ha caído en sus redes engañosas como una estudiante novata. Un político intachable jamás debería buscar en una institución universitaria el prestigio que lo habilite para desempeñar su cargo con un plus de seriedad. Como demuestran otros colegas, es mucho más recomendable mantenerse al margen del pernicioso complejo de superioridad del mundillo académico. Para qué sirve el sistema universitario, sino para darle disgustos a la clase política actual.

A este paso, el mayor castigo para un político no va a ser enviarlo a la cárcel por delitos erróneos de rebelión o malversación, sino matricularlo en la universidad. Es una instructiva escuela para la vida pública. En ella se aprende a bregar a diario con los desmanes faraónicos de los rectores, la arrogancia de los catedráticos, el autoritarismo de decanos y directores de departamento, la envidia y el resentimiento de profesores y estudiantes o los desplantes y el desparpajo sindicado de los conserjes. En suma, es el currículo más útil y efectivo para prosperar hoy en un partido político. En lugar de despotricar de sus contrincantes, Cifuentes haría bien en transformar su ridículo caso en una campaña publicitaria en favor de la universidad pública y de una asociación necesaria entre esta y la cualificación profesional de los políticos en ejercicio. Pero para validarla con un gesto noble, tras la suprema exhibición de torpeza, debería dimitir enseguida. Todos saldríamos ganando y la universidad limpiaría la imagen elitista que aún enturbia su reputación.

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