El pasado 20 de marzo tuve la ocasión de visitar Bruselas para presentar, en nombre del Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia, una breve ponencia con motivo de la VIII semana por la vida en el Parlamento Europeo.

Ya en el aeropuerto, esta extraordinaria ciudad me recibió con un clima gélido que aturdió todo mi cuerpo y con un llamativo cartel que me daba la bienvenida al «corazón de Europa». Ni el frío cortante, ni sucesivos carteles con el mismo lema, me abandonaron durante mi corta estancia en la capital administrativa de la Unión Europea.

No me fue difícil asociar ambos elementos con cierta ironía facilona. Si Bruselas es el corazón de Europa, entonces Europa tiene un corazón de hielo. Esta idea, en principio trivial, se vio confirmada con dos imágenes que no consigo borrar de mi mente, por más que lo intente.

La primera imagen la situó en el metro que me transportaba hasta la sede del Parlamento Europeo. Cuando apenas quedaba una parada para llegar a mi destino, compartiendo vagón con algunos distinguidos europarlamentarios y numerosas personas que, a buen seguro, se disponían a tratar asuntos de trascendental importancia para la Unión Europea, apareció una niña de unos siete años, acompañada por su padre. Ambos iban correctamente vestidos, pero ella llevaba en su mano un vasito de plástico que exhibía pidiendo limosna. Se acercó a cada uno de los viajeros con una mirada vacía, sin decir palabra. Instintivamente, miré el reloj para comprobar que, al lamentable espectáculo de la mendicidad y la explotación infantil, se unía el hecho de que estábamos en horario escolar. ¿Qué hacía esa niña ahí, pidiendo limosna, en lugar de estar en la escuela? Lo lamentable es que nadie hizo nada, nadie dijo nada. Tampoco yo. Y siento vergüenza. Entre ese nutrido grupo de intelectuales y representantes políticos, no hubo nadie con la decencia suficiente para ponernos en la piel de esa niña y hacer nuestro su problema. Nadie le hizo justicia.

La otra imagen que me marcó tiene que ver con la Grand Place, epicentro turístico de la capital belga. Y con una familia de emigrantes asiáticos que, en la más completa indigencia, se arropaba bajo algunas mantas desgastadas rodeada por sus únicos enseres de escaso valor. Cuando recién se acomodaban, un par de policías, con exquisitos modales europeos y sin que en ningún momento desapareciera de su rostro una sonrisa amble, les invitó a levantarse y desaparecer de la escena para no estropear la preciosa estampa de la plaza en el declinar de la tarde. No les ofrecieron asistencia de ningún tipo. Sólo les pidieron que desalojasen el lugar para que éste continuara siendo 'perfecto'. Para que la imagen de su desolación no manchara el impoluto chaleco blanco que los europeos acostumbramos a vestir.

Entonces caí en la cuenta de lo acertado de mi ironía: efectivamente, a Europa se le ha helado el corazón. ¿Qué nos ha pasado? Y sentí una profunda tristeza por el declive de los valores que estuvieron presentes en los padres fundadores de nuestra Europa. Valores, no debemos olvidar, que se inspiraban en el humanismo cristiano.

Más tarde, en el Congreso, tuve que escuchar la solicitud de una Comisión Parlamentaria que reclamaba un estatuto jurídico para las inteligencias artificiales y los robots. Una propuesta tan escandalosa como la que exige la regulación jurídica de la 'calidad' de la vida humana, devolviendo al discurso conceptos tan excluyentes como los de «vida digna» y «vida indigna» de ser vivida. Y recordé, con pesar, que es en mi Europa donde las personas con Síndrome de Down desparecen progresivamente de la pirámide poblacional, pues no gozan de un estricto derecho a la vida por razones estrictamente utilitaristas. Donde los valores de la hospitalidad, la solidaridad y el reconocimiento de la dignidad personal, parecen haber caído en el olvido.

Triste paradoja: derechos para las máquinas, pero desconsideración creciente a la dignidad inherente a todas las personas, con independencia de su funcionalidad sistémica, de sus capacidades operativas, o de su procedencia.

Europa parece haber olvidado lo más nuclear de su cultura: el reconocimiento de la dignidad como la cualidad más radical del ser humano, como la base trascendental que justifica el hecho de que todos-y-cada-uno-de los seres humanos seamos personas y tengamos derechos frente a nuestros semejantes. Derecho a una vida digna; derecho al reconocimiento y al respeto por parte de los demás; derecho, en definitiva, a ser tratados como personas.

Me resisto a entender Europa como una mera unidad administrativa y política. Antes bien, pienso en ella como en un tesoro para la humanidad, un bien moral y un modelo social. No quisiera olvidar que fue en Europa donde se gestó el pleno reconocimiento de los Derechos humanos, la consideración de la igualdad jurídica entre los hombres y las mujeres, la reciprocidad entre generaciones, la solidaridad con los más vulnerables y la idea de una libertad individual que, con carácter sagrado, se impone a todo totalitarismo excluyente.

Pero si el viejo continente olvida lo que significa 'ser Europa', tal vez Europa deba deslocalizarse y reconstruirse en otro entorno geográfico. Porque Europa le hace falta al mundo. Aquí, o en otra parte. Porque Europa es más que un continente. Es una antropología, una ética, un modo de vivir.

Por el bien de la humanidad, y no sólo de quienes habitamos el Viejo Continente, me atrevo a exigir a nuestros líderes políticos que recuerden quienes somos; que no olviden cuál es la raíz y la esencia de nuestra cultura europea. Que se dejen guiar, de nuevo, por los principios del humanismo cristiano, aquellos que hicieron de Europa una comunidad de valores y no una mera unidad administrativa. Porque no quisiera volver a sentir, como ahora siento, que Europa ya solo existe en mi corazón, porque el corazón de Europa ya no late con latidos humanos.

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