FRENAR EL DECLIVE

JOSÉ MARTÍ

El Levante anda deprimido, sin fútbol ni remate. Ha ido de más a menos. Empezó jugando bien y ganando. Luego, aunque jugaba no ganaba pero sacaba algún puntito. Después ha ido bajando escalones en la tabla, apagándose poco a poco, para al final terminar siendo un equipo sin identidad, desfondado, que ni juega ni puntúa y del que ya no se espera nada. Es la decadencia. Todo granota sabe que no ocupar todavía puestos de descenso es algo efímero, temporal, que terminará sucediendo sin remedio. La inercia de la inexorable cuesta abajo. Las lesiones y la mala planificación deportiva, principalmente en la delantera, podrían servir como eximente de un entrenador muy cuestionado, poco autocrítico, al que se le acaba el crédito. Ni siquiera los árbitros nos sirven como excusa como hacen otros cuando les vienen mal dadas. Solo el regreso de Roger aporta un rayo de esperanza en el negro horizonte.

Mientras, Catalán permanece como Ulises ajeno a los cantos de sirena de las redes sociales y el entorno, incluida la secretaría técnica, que piden un cambio en el banquillo. El presidente permanece atado al mástil del barco, firme en su convicción de mantener al entrenador pase lo que pase. Teme repetir los errores de hace dos temporadas que culminaron con el descenso tras el cambio por Rubi y los fichajes fracasados de Rossi, Verdú, Medjani, 'el infiltrado' Orban o Cuero. Escarmentó, realizó una promesa al más puro estilo Scarlett O'Hara 'a Dios pongo por testigo', y no está dispuesto a ceder a las primeras de cambio pese al evidente declive. Pero cuando reaccione puede ser tarde, como ha ocurrido con la llegada de un nuevo delantero. Ya da igual quien venga. Parece el personaje citado por el insigne pensador valenciano Luis Lucia: «si el edificio arde no vale permanecer tranquilo en casa imitando al literato, a quien avisaron que había fuego en la casa y respondió muy sereno: decídselo a mi mujer, ella es la que cuida de los asuntos caseros». En este caso Quico remite a Tito. Y no solo no trae a ningún delantero un mes después sino que los saudíes le imponen los fichajes. Pagan dos millones de euros para meter un jugador en la plantilla con calzador, Al-Muwallad. El mundo al revés. Con la que está cayendo, ni el vestuario ni la grada están para estas bromas, rentables económicamente pero cuestionables desde la vertiente deportiva. Cada vez queda menos tiempo. Otra pobre imagen el próximo sábado ante el Depor sepultaría por completo la escasa credibilidad de Muñiz. No quedarían paños calientes para justificar la situación, ni mástiles de ningún barco donde amarrarse para no dar un golpe de timón y buscar un nuevo acicate. Algo hay que hacer para remediar este declive escalonado porque, si todo sigue igual, tenemos los días contados. O no.

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