Ay, esa foto con el sedicioso

Sala de máquinas

Las autoridades y los dirigentes de la sociedad civil local, en bloque, dieron a Puigdemont un recibimiento con pasillo, saludos, aplausos y hasta algún saludo

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del 10 de septiembre de 2017.

Parece que fue ayer cuando Carles Puigdemont desembarcó con cien leales en la estación Joaquín Sorolla. Y en efecto, como si hubiera sido ayer, porque hasta dentro de unos días no se cumplirá un año de aquel «encuentro histórico», según la animosa expresión que el Consell propagó por sus canales mediáticos, difundiendo unas coberturas repletas de incienso y mesianismo bufo. Ya para entonces, Puigdemont y los suyos eran unos delincuentes confesos puesto que habían revelado su determinación de quebrar las leyes españolas y autonómicas y arrollar los derechos de la mitad de los catalanes. Poco importaba aquello para Ximo Puig y el ala nacionalista del PSPV. Y no digamos para esos socios del Bloc que durante años han franquiciado el soberanismo catalanista en las tierras valencianas. Podía más la emoción nostálgica -como la última gira de Raimon- o el desquite que un mínimo sentido común acerca de la inconveniencia de dar legitimidad a unos tipos con planes descabellados e insolidarios, a los que no quería recibir nadie en toda la Unión Europea. Por no hablar de preservar una mínima dignidad institucional y respeto a las reglas del sistema democrático. Las autoridades y los dirigentes de la sociedad civil local, en bloque, dieron a Puigdemont un recibimiento a la valenciana, de primera categoría: con pasillo, saludos, aplausos y hasta algún jaleo. Un momento histórico, se repetía en la corte de los milagros tripartita. El jefe del Consell pronunció aquello de que estas nuevas relaciones, preferentes y bilaterales, se mantendrán «en cualquier circunstancia» y todos entendieron. Pero oíga, ¿también si se separan de España? «En cualquier circunstancia».

Bien, todo ha seguido su marcha. Esta semana el propio Puigdemont y los suyos han declarado que ya, de facto, no son españoles. Después de un golpe contra la Constitución y el Estatut al peor estilo chavista. Después de avasallar a los grupos de la oposición que representan más del 50% de los votos, después de ignorar los requerimientos jurídicos del alto funcionariado. Después de enterrar los preceptos democráticos en favor de un independentismo totalitario que incluso plantea la anulación de la separación de poderes. Ay, aquella foto y aquellos cortesanos que dieron amparo a éste que hoy dice que ya no es español. Unos por ciegos, otros por mansos o acomodaticios. Casi nadie tuvo un mínimo juicio crítico o al menos astucia para quitarse del medio. Los empresarios, preguntados por eso de mantener las relaciones incluso con la independencia («en cualquier circunstancia») dijeron aquello de que «no contemplamos un escenario rupturista». Y tan panchos se quedaron; desde la fenecida Cierval de José Vicente González a la AVE de Vicente Boluda. Pactaron una melonada como respuesta. Como si la independencia de Cataluña fuera inocua para los intereses de los empresarios o quizás no coincidan los intereses de los grandes empresarios con los del común de la ciudadanía. Ese escenario que no contemplaban los más ilustres empresarios lo tenemos ahora sobre la mesa; pero por encima de todo estaba no servir de felpudo a cualquiera; por cegera, oficialismo o mansedumbre. Sólo la CEV de Salvador Navarro ha mostrado algunos gestos de cordura y gallardía en este y otros asuntos. También en la época pepera supo plantarse, el único, frente a planes incoherentes como aquella ampliación del Palacio de Congresos auspiciada por Rita Barberá. Ahora, Navarro ha dicho que no irá a la manifestación valenciana en Madrid por la financiación si no lleva detrás consenso político. La autonomía y el crédito en el espacio público no se concede ni se regala; se lo gana uno a pulso con inteligencia y valor. Valor para decir ‘no’ al poder o a las tonterías dominantes.

Aquella cumbre histórica resultó fallida de inmediato. Puig cayó en el error de pensar en corto, en el titular y en Twitter, y a las pocas horas ya estaba tratándose de tapar el asunto: «vale, puede que fuera un error político, pero no fue un error intencionado». Los demás, los invitados, intentaron escapar de la foto como pudieron, «fue una encerrona, de verdad, creíamos que íbamos a un acto del corredor mediterráneo». Bien, fueron engañados o se dejaron engañar, pero casi nadie dio la cara antes ni después. La tesis de este periódico sobre aquella cumbre era sencilla. No se puede tener como interlocutor a unos señores que se han echado a la deriva independentista y que quieren romper nuestro marco de convivencia; primero que den marcha atrás y después que se establezcan las relaciones preferenciales que debieran tener dos territorios vecinos y con no pocas semejanzas económicas y culturales. Ahora el asunto es más grave. Sencillamente, esos interlocutores ni sirven ahora ni servirán en un futuro; nunca se podrá volver a hablar con ellos. Las relaciones óptimas con Cataluña sólo podrán llegar cuando sus instituciones estén regidas por personas políticamente decentes. Ni siquiera el corredor mediterráneo puede ser una excepción, lo diga Agamenón o su porquero.

Sabiendo además que la actual coyuntura electoral otorga enorme influencia a una minoría nacionalista dentro de la Generalitat. Vicent Marzà, tristemente famoso por sus desafueros educativos, se reconoció solidario e identificado con el rupturismo de Junqueras y Puigdemont hasta el punto de expresar sus ganas de que Valencia vaya detrás. Otros compañeros del conseller, simplemente, han tenido la fortuna de que sus ideas y pensamientos no han quedado registrados en una radio. De ahí que no extrañe que hayan bloqueado una condena de Les Corts al bochornoso ridículo vivido esta semana en el Parlament. Pero no es la primera vez que lo ridículo pesa en las ansias independentistas. Cuando se lo oí por primera vez a Boadella no le creí y lo busqué para corroborarlo. Es cierto. Uno de los padres de la patria catalana, Francesc Pujols, aventuró que «llegará un día en que los catalanes, por el mero hecho de serlo, irán por el mundo con todos los gastos pagados». Parece otra astracanada, pero muchos años después se demostró que un catalán y todos sus hijos, el clan Pujol, podían ir por el mundo con todos los gastos pagados. A Puigdemont y los suyos no les pareció mal.

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