Una foto distinta

Arsénico por diversión

Brindo para que Valencia sea una de las ciudades más sensibles al maltrato animal, todos somos responsables

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Entre las imágenes más curiosas de Estocolmo están sus esculturas urbanas. Hay muchas dispersas por la ciudad pero a mí me llamó la atención una que representa a un pequeño zorro cubierto de harapos. El objetivo de la autora, Laura Ford, y del ayuntamiento al situarla en una esquina muy céntrica de la capital, es recordar así que todavía existen pobres en Suecia. Ese fin, en un país de la avanzadísima Europa rica, es una muestra de sensatez y sensibilidad. Es una adaptación contemporánea de la costumbre romana que hacía acompañar al general victorioso, en su entrada triunfal en Roma, de un esclavo que sostenía la corona de laurel sobre su cabeza mientras le susurraba: «Recuerda que eres mortal». La figura del zorro abandonado y pobre también nos susurra que hay otros seres humanos pasando dificultades cuando nosotros vivimos como reyes.

El valor de ese tipo de imágenes es enorme por su capacidad expresiva universal y por el encuentro casual y lleno de sorpresa. En medio del consumo propio del urbanita o del turista, la estatua nos hace parar y recordar realidades que a menudo quedan ocultas. Eso mismo sucederá en Valencia con la estatua que inauguraron el sábado el presidente Ximo Puig y la concejala de Bienestar Animal del ayuntamiento, Glòria Tello. Es la figura pequeña de un perro y una gata recostados en el suelo, obra de Elena Negueroles, que representan a todos los animales abandonados. Y lo hacen en el centro neurálgico de la ciudad, en la zona más comercial, allí donde normalmente vemos animales bien cuidados paseando con sus familias. Muy lejos, pues, de esos campos y esas carreteras donde los voluntarios están hartos de encontrar todo tipo de barbaridades: animales heridos, atados a un árbol, atropellados en el asfalto o muertos de miedo y tristeza esperando a sus dueños en el mismo lugar donde los dejaron. El mío, Whisky, fue uno de esos y aún hoy, siete años después de sacarlo de la protectora, cuando ve meter maletas en el coche se sube y no hay forma de bajarlo. Ni por toda la longaniza del mundo. Es el miedo a otro abandono como aquel. El que le tuvo traumatizado durante casi dos años.

Por eso brindo para que Valencia sea una de las ciudades más sensibles al maltrato animal y pretenda, con la escultura de Tristán y Soledad, que así se llaman los protagonistas, recordarnos a vecinos y visitantes que esa realidad no se ha terminado aún, que está ahí fuera y que todos somos responsables de tanta inhumanidad concentrada en un pequeño cuerpo indefenso y dependiente de nosotros. Mi deseo es que, desde ahora, su foto llene las cámaras de los turistas y envíe a todo el mundo un mensaje que asocie Valencia con la tolerancia cero hacia el abandono. Es un reclamo hacia millones de personas que verán en él un lugar donde hacerse una foto distinta llena de 'likes' en Instagram o en Facebook. Y en Valencia, una ciudad también distinta, europea y avanzada.

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