Forges

JOSÉ MARÍA ROMERA

La fórmula habitual en los chistes de Forges era sencilla: dos personajes hablaban en un diálogo escueto, en un fulgurante cruce de palabras que llevaba al asentimiento o a la incomunicación. A menudo todo se reducía a una sola frase de uno de los interlocutores, a la que el otro respondía con la concisión de un adjetivo o de un monosílabo cargado de elocuencia. «¿Qué tal día en el instituto?», preguntaba desde el sofá la mujer al profesor mientras este colgaba la bufanda en el perchero. «Complejo», respondía el hombre. «Pienso, luego estorbo», declaraba uno de sus Blasillos encaramado a una piedra. «Y yo», agregaba su acompañante.

En esos breves diálogos ha quedado escrita toda la historia de un país desde antes de la Transición hasta nuestros días. A veces la conversación duraba más, como en aquella viñeta en la que un lector del periódico leía en voz alta: «Se ha entregado a la policía el autor de la frase 'ya si eso'», a lo que le contestaba una mujer mirando su tablet: «Pues aquí dicen que ha ingresado en un convento de clausura la propaladora de 'poner en valor'». «Esto marcha», decía entonces el primero. Y ella remataba: «A buenas horas».

Con estos fogonazos de ingenio se fue tejiendo la crónica de nuestra vida, no tanto en los acontecimientos que pasaron a la historia como en las muecas, los vicios y las miserias del día a día.

Las viñetas de Forges se pueden encontrar en cualquier sitio, desde las oficinas hasta las paredes del bar, desde el corcho de los tablones de anuncios hasta las puertas de las neveras, las carpetas de estudiante o los salvapantallas de ordenador, porque todos los españoles se han visto retratados en alguna de ellas. No era por agudeza, sino por empatía. Forges tuvo la rara cualidad de saber ponerse en la piel de la gente, y en particular de la gente humillada por cualquier forma de poder, ya fuera este el de la sorda dominación familiar, la inclemente burocracia, la Banca, el capital, la masa, la neolengua, la tecnología o la pura y simple estupidez en cualquiera de sus infinitas variantes.

Pero no había amargura en sus dibujos. Era una comprensión no exenta de mala uva, una amable mirada sobre las cosas que no estaba reñida con el derecho a indignarse. Las figuras de Forges estaban diseñadas con trazos rudimentarios y reproducían hasta la saciedad unos modelos planos y estereotipados. Sin embargo sus palabras reflejaban los claroscuros de las personalidades complejas, lo que quiere decir que estaban cargadas de humanidad. Quizá por eso Forges sensibilizaba sin agredir, aleccionaba sin catequizar, satirizaba sin humillar y denunciaba sin ofender. Era un ilustrado de buena educación que llevaba dentro una criatura traviesa. Un rebelde que no perdía la sonrisa, en la mejor tradición filosófica del estoicismo. Lo vamos a echar en falta.

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