Fogonazos solidarios

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Según el tópico, las damas con rancias aspiraciones aristocráticas encajonadas en su aburrimiento monumental pretendían desviar el tedio que las agarrotaba promoviendo caridades variadas. Así, no sólo puntuaban en su universo de vanidades los diversos blasones decorando sus linajes, sino la cantidad de pobres que disfrutaban de sus limosnas. No era lo mismo repartir calderilla a una docena de menesterosos que a sólo tres. La súbita ola solidaria que recorre nuestro espinazo, con esos ofrecimientos que llegan desde todos los rincones de nuestra geografía, despierta mi escepticismo. ¿Cómo negar el pan y la sal a esos náufragos? ¿Cómo no compadecer el destino de los que sólo desean prosperar, escapar de la devastación que asola su país? Pero frente a las caridades tan de potentado que por fin se digna en ayudar al que sufre, se precisa una acción conjunta y eficaz desde el corazón de Europa. Desde nuestro trono de opulento primer mundo, se diría que nos transformamos en pequeños dioses que eligen cuando salvar al prójimo. Si el inmigrante sobrevive al otro lado de la valla de Ceuta, permanecemos ciegos y no nos afecta. Si en cambio nos muestran las espeluznantes imágenes de un barco a la deriva, el estómago se nos colapsa y exigimos la salvación inmediata. Cuando agitan nuestros sentimientos nos tornamos magnánimos los días impares. Por eso siento cierto bochorno al escuchar a presidentes autonómicos explicando que están dispuestos a acoger a un diez o un cinco por ciento de los que padecen a bordo del 'Aquarius'. Esto de establecer porcentajes suena a triaje de ganado, a gélida mecánica de bienquedismo con el electorado. El célebre y berlanguiano «ponga un pobre en su mesa»; resucita bajo otra forma pero con idéntico espíritu. Fogonazos de falsa solidaridad que no buscan soluciones definitivas.

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