Fines y medios

VICENTE L. NAVARRO DE LUJÁN

Creo recordar que fue en 2004 cuando el Ateneo Jovellanos me invitó a dar una conferencia en Gijón acerca de lo que entonces era el fenómeno incipiente de internet y la comunicación por sus redes, una intervención mía que no se pretendía de naturaleza técnica -pues yo no me hallaba ni me encuentro capacitado para eso-, sino que se trataba de una reflexión antropológica sobre lo que la nueva tecnología podría implicar. En aquella ocasión mantuve la tesis que en estas líneas sostengo, y es que a mi juicio la técnica es moralmente neutra, que los avances tecnológicos del ser humano no nacen con una impronta axiológica de buenos o malos, sino que su dimensión ética vendrá determinada por el uso que el ser humano, desde su libertad y conciencia, les dé.

A título de ejemplo, cabe citar el descubrimiento y desarrollo de la energía nuclear, que sirvió para destruir Hiroshima y Nagasaki, pero que cotidianamente se usa en los hospitales para combatir graves enfermedades o que permite a millones de personas beneficiarse de ella para tener energía eléctrica u otros usos positivos. Es decir, que la coloración moral de la tecnología depende de la voluntad del sujeto humano que la usa, del destino al que la emplee, de los fines que persiga con su actuar, porque sólo el ser humano es un ente ético sobre la faz del planeta Tierra.

Cuando yo hablaba hace trece años en Gijón no me podía imaginar la dimensión que llegaría a tener el mundo de la red o internet, pero hoy, tras asistir atónito a las posibilidades de esta tecnología de comunicación, me ratifico en mi postura. Internet y las redes nos han abierto un horizonte de posibilidades inaudito, que nos permite acceder a un copioso fondo de información, de documentación, que nos facilita la comunicación con personas lejanas, humanamente enriquecedoras, que jamás habríamos conocido, si no fuera por el medio fantástico del ordenador y sus redes.

Pero, una vez más, su moralidad radica en el uso que libremente cada cual de nosotros hagamos de este portentoso invento. Accedo cada día a la prensa internacional a través de él, puedo volver a escuchar melodías ya olvidadas con el gesto de buscarlas en el fondo documental de los servidores.

En cambio, a diario nos encontramos con un uso artero de este medio. La red puede convertirse también en un basurero inmundo, en el cual lo peor de cada cual pueda ser difundido sin responsabilidad ni límite alguno, de suerte que, en lugar de ser un vehículo de encuentro y cercanía, se puede convertir en un instrumento inmenso de propagación del odio o de los sentimientos más abyectos. Y ello me preocupa mucho como persona.

Me asombra que, ante cualquier tragedia humana, personas anónimas o identificadas exhalen sus rencores y sus odios, lanzando bilis a lo largo y ancho de páginas personales, comentarios en diversos foros informáticos o en cualesquiera de los ámbitos que el ordenador permite.

Los ejemplos son constantes y preocupantes. Un torero es alcanzado por una res y muere, y la red se llena de una infinidad de comentarios inhumanos, crueles y llenos de un inmenso rencor, lo mismo que cuando fallece un niño cuyo deseo era ser torero, o muere una periodista que cometió el 'error' en su vida de dedicarse a colaborar con una publicación dedicada a la caza y pesca. Ni que decir tiene lo que hemos vivido con la muerte del banquero Blesa, episodio luctuoso que ha llenado el espacio informático de las manifestaciones más crueles del aborrecimiento y la inmisericordia. Poco puede entender cierta gente la afirmación que la gran Concepción Arenal hacía cuando señalaba que odiaba el delito, pero se compadecía del delincuente. En los tiempos en que fueron asesinados Lasa y Zabala por las cloacas del Estado, aun a pesar de que se trataba de dos conspicuos terroristas, jamás se me hubiera ocurrido celebrarlo con una copa de jerez o lanzar a la red -si hubiera existido- un mensaje de alegría.

La muerte o la desgracia ajena, cualquiera que sea la biografía del desgraciado, no puede mover en una persona sana mentalmente otro sentimiento que el de misericordia, perdón y cercanía a quienes sufren la pérdida de un ser querido, o padecen las consecuencias de su mal comportamiento personal o cívico. Personajes de la más acendrada progresía, que cada día pretenden darnos lecciones de buen hacer, se hunden en el fango cuando transmiten por sus medios un mensaje de animadversión e impiedad. Valga como ejemplo, no único, sino reiterado, nuestro inefable concejal Grezzi, que se ha intentado cubrir de humor negro y 'buen rollo', lanzando su anímico estiércol sobre las cenizas de un condenado muerto. ¡Dios nos libre de unos dirigentes que cuando muerden su propia lengua, fenecen por su veneno! ¿Qué nos sucede? ¿Por qué se odia tanto hoy?

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