LA FIESTA EN DIFERIDO

BURGUERA

En el Partido Popular la fiesta no se acaba nunca». La frase persigue a Ricardo Costa y también al PP. En realidad, lo que ocurrió la semana pasada (el inicio del juicio de la financiación, con los empresarios, con Correa, Crespo y Pérez señalando hacia la anterior cúpula directiva de la formación popular) es una fiesta en diferido. La formación que ahora preside en la Comunitat Isabel Bonig ha intentado pasar página. La portavoz popular en Les Corts insta a «mirar hacia delante». Sin embargo, aquella fiesta vuelve una y otra vez, una francachela que retorna cada tanto.

Se acercan las elecciones de 2019 y también nuevos juicios, todos esos procedimientos que se fueron dilatando, en muchos casos por la estrategia de defensa y en otros porque la instrucción se alargó pidiendo prórroga tras prórroga. La táctica de ir dejando postergados los temas en el fondo del cajón resultó a corto plazo, pero puede ser letal para la supervivencia de la marca. Tal y como ya todo el mundo ha comprobado en política, el prestigio de las siglas es fundamental para mejorar o mantener la posición electoral de los partidos. Que se lo digan a Ciudadanos, cuyo tirón en la Comunitat no obedece a otra cosa que la repercusión de su discurso a nivel nacional. Que se lo digan al propio PP. En 2015, con los casos de presunta corrupción al rojo vivo, Alberto Fabra recibió menos votos que que sus barones municipales. Eso no le había pasado nunca a Lerma, Zaplana o Camps.

Cuanto más lejana es la gestión de un candidato respecto de su potencial elector, más importante es la marca que le sostiene, especialmente la de las siglas de su partido.

La estrategia de procastrinar la toma de decisiones cuando la situación comenzó a ponerse fea de verdad en el PP, tanto a nivel nacional pero especialmente en la Comunitat, permitió a Rajoy salvar las naves. A los populares valencianos, sin embargo, no sólo les penalizó en 2015 sino que tiene la cosa pinta de que las elecciones autonómicas de 2019 van a llegar demasiado pronto, antes de que finalice esta fiesta judicial que, en diferido, mina el trabajo de oposición del PP en la Comunitat una y otra vez. Lo que resulta paradójico, ya metidos a aplazar las cosas, es que a la propia Bonig, tal y como se está poniendo el asunto en el juicio de la financiación de su partido en años pretéritos, casi le interesaría más que las elecciones autonómicas se celebrasen cuanto más tarde mejor. Desde luego, no ahora. Mejor en un futuro lo suficiente lejano como para ver si se resuelve de una vez todo el entramado de procesos que sitúan en el banquillo a una marca, la de los populares, a la que toda aquella fiesta que nunca se acaba se le está haciendo, lógicamente, demasiado larga.

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