DE FIESTA EN BENIDORM

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

Esa sensación de bajar de un coche muy especial que todos miran con embeleso y codicia es inolvidable. Con un coche superior a los de la medianía te sientes otro. Y a través de la admiración que despiertas, te notas no solo más alto, sino naturalmente más bello y perfecto, realmente un ser envidiable. Cuando se estaciona un cocha así, es el momento adecuado para tomar las llaves del vehículo y balancearlas como un pequeño incensario; es el momento concebido para observar el coche de reojo y dirigir una pequeña mirada de desprecio a la nube de mocosos que te adoran a través de la máquina de la que has bajado. En casos así, la frase recomendable tiene que ser sencilla pero contundente; incluso un poquito despectiva y grosera:

-Vamos, chavales; abrirse...

Lo que cuento lo he sentido verdaderamente. No lo relataría de no ser una verdad apabullante. Lo que traslado al lector, palpitante todavía esa sensación de superioridad que otorga ser usuario de un coche deseado, lo sentí ahora hace cuarenta años. Lo que ocurre es que el coche que despertó tan desmedida admiración no fue ni un Jaguar ni un Mercedes; tampoco fue el Rolls Royce del que un día vi bajar entre aplausos, en la calle de San Vicente, al músico José Iturbi. El coche que en la primavera de 1977 mareaba a todos y a todas, hasta el punto de crear olas de fanáticos, era el valencianísimo 'Fiesta' salido de la factoría de Almussafes. Y el escenario con palmeras donde fui el más admirado de los conductores no fue el Beverly Hills de nuestro querido pianista sino una de las grandes avenidas de Benidorm...

La factoría de Almussafes fue inaugurada el 25 de octubre de 1976 por el Rey emérito y su amigo Henry Ford. Y se puso enseguida a hacer docenas y docenas de ejemplares de un coche nuevo en el mundo, el 'Fiesta', que, siendo pequeño, era muchísimo más que el raquítico 'Seiscientos'; porque era un utilitario, era un auto popular, pero tenía un tono diferente, cuidado, incluso era portador de detalles de verdadero lujo... Como -qué se yo- llevar incorporado un aparato de radio, extraíble, de menos de tres kilos y cuarta de peso, una innovación contra cacos que se podía llevar con comodidad al restaurante.

El 'Fiesta' empezó a venderse en España, Francia e Italia con verdadero delirio. En la factoría aumentaron los turnos y los concesionarios las listas de espera. El precio era asequible y el coche empezó a generar una verdadera moda. Pues bien, ese fue el momento en que el departamento de prensa de la Ford empezó a gotear una promoción en forma de préstamos de vehículos de la flota de relaciones externas, de los que yo fui privilegiado beneficiario durante un fin de semana. Gracias a mi amistad con el recordado Vicente Fayos Casares, un periodista de raza que antes de venir a LAS PROVINCIAS trabajó en Ford a las órdenes del inolvidable Pepe Palau, tuve mi 'Fiesta' durante un fin de semana.

No recuerdo dónde fue el encuentro de coche y conductor. Sí recuerdo que estuve a punto de marearme cuando vi el vehículo que los técnicos de la Ford habían seleccionado. Porque el coche, que llevaba encima todas las prestaciones y pijerías que la marca podía suministrar al cliente, era de un estridente, deslumbrante, apabullante color amarillo limón, que rechinaba en las pupilas.

- ¿Te gusta...?

¿Cómo decir que no al buen amigo? ¿Cómo poner en duda el acierto de la gama de colores de la compañía? ¿Cómo afear a la poderosa empresa del automóvil el favor que hacía? En la Semana Santa de 1977, Benidorm vio desfilar un coche nuevo y sorprendente, un 'Fiesta' amarillo limón. La gente, cuando hacía corro, no solo quería conocer el modelo que estaba empezando a venderse... sino al tipo que era capaz de conducir algo con aquel color.

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