HOMBRES BUENOS, PROYECTOS BUENOS

Una hermosa iniciativa pretende honrar al mítico Miguel de la Quadra-Salcedo, que de jovencito fue un atleta portentoso

HOMBRES BUENOS, PROYECTOS BUENOS
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

A veces la vida te muestra gente especial, personas que se cruzan en el camino y sorprenden por su bondad. El atletismo me permitió conocer a Miguel Calvo, un tipo al que le confiarías la cartera sin un atisbo de duda, o incluso a un hijo en un momento de desesperación. Miguel es una de esas personas indudablemente puras. Posee una sensibilidad muy especial que se transforma en palabras cuando escribe unos artículos fabulosos para la revista 'Runner's World'. Por eso no me sorprendió demasiado el día que me mandó un correo explicándome un nuevo proyecto: honrar y encumbrar la figura de Miguel de la Quadra-Salcedo.

Es imposible colgarle una única etiqueta a Miguel de la Quadra-Salcedo, que murió el año pasado después de un vida increíblemente intensa en la que hizo de todo. Porque Miguel fue jugador de rugby, reportero, aventurero, educador, escritor... pero también domador, camionero o ballenero. Y antes de todo eso fue un atleta también único, capaz de dominar los cuatro lanzamientos. Una pasión que nació de los libros, clásicos como la 'Ilíada' o la 'Odisea', y del regalo de su madre, cuando tenía diez años: un disco de madera tallado por un carpintero de Hendaya que lanzaba dando giros y más giros en las playas de Guipúzcoa.

La jabalina no la lanzaba del modo tradicional sino de lo que en su día, en los años 50, se conoció como el estilo español, dando giros. Esta técnica le permitió lanzar más que nadie, pero la federación internacional jamás homologó ni aceptó este estilo que encerraba un cierto riesgo para el público.

Miguel Calvo y Carlos Beltrán pretenden homenajear al De la Quadra-Salcedo atleta con una escultura en las viejas pistas de ceniza de la Universidad Complutense de Madrid, donde se entrenaba este portento de la naturaleza, ese hombre con muslos como patas de rinoceronte obsesionado con componer la figura del discóbolo de mármol. Porque aquel niño que creció en Pamplona acabó dominando el disco, la jabalina, el peso y el martillo como ningún otro. Especialidades en las que logró títulos y récords nacionales.

Hasta llegó a ser olímpico en los Juegos de Roma, en 1960, pero de aquel viaje recordaba, más que el estadio, su inmersión en la Roma clásica, un sueño de niño, de aquel niño que escondía una linterna bajo las sábanas para leer las aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari cuando su madre ordenaba apagar la luz por la noche.

Después de Roma cogió el petate, dejó crecer el mostacho y se marchó a explorar el mundo. De la Quadra-Salcedo recorrió el planeta de punta a punta hasta llegar a rincones ignotos. Por eso le gustaba decir que en su pasaporte ponía que era giróvago, como aquellos monjes que vagaban de monasterio en monasterio sin parar.

Un día salió de la selva y regresó a España, se presentó y comenzó a trabajar para TVE, donde se hizo muy popular como periodista, reportero de guerra, divulgador... Y aquel chaval que soñaba con ser Telémaco, el hijo de Ulises que viajaba con su profesor Mentor en el libro 'Les aventures de Telémaque' que leía en francés, acabó convirtiéndose en Heródoto, el Heródoto de Ryszard Kapuscinski.

Miguel de la Quadra-Salcedo era un mito de mi juventud, uno de esos personajes que recuerdas de la infancia y la adolescencia como un ser superior, un hombre sin miedo, un tipo recio con ese bigote y esa cabellera salvajes pero a su vez distinguidos, un viajero que domaba el mundo agreste para mostrárnoslo y conseguir que lo apreciáramos.

Miguel Calvo, como se entiende si estamos hablando de hombres puros, no busca un euro en esto. La financiación de la escultura, una esfera con un busto enorme de Miguel de la Quadra-Salcedo, es a través de minúsculas aportaciones en Verkami, a golpe de 20, 30 o 50 euros en la dirección vkm/quadrasalcedo.

En uno de sus numerosos viajes a Sudamérica, Miguel conversó en Chile con Pablo Neruda, a quien le preguntó qué habían hecho los españoles en América. El poeta le sorprendió. «Los españoles os lo llevasteis todo», le dijo. Cuando el aventurero iba a protestar, Neruda alzo la mano, le cortó y volvió a hablar. «¡Para!, ¡para! Os lo llevasteis todo, pero dejasteis todo. Igual que los romanos en España. Os llevasteis el oro, pero dejasteis la cultura. Ese mestizaje tan importante que es lo que somos ahora». Miguel de la Quadra-Salcedo también dejó su impronta y ahora Miguel Calvo solo pide un billete para que nunca se olvide lo que hizo.

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