Yo fui un feliz niño aburrido

Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

El otro día, un amigo de toda la vida, pero de los de toda la vida de verdad, no los amigos de ahora que nacen, crecen, se reproducen y desaparecen en función del curso de nuestro hijo, del cumpleaños del pequeño en las bolas, de la graduación de parvulitos o del equipo de fútbol de cada domingo, un amigo cuya amistad nació compartiendo pupitre allá por tercero de EGB, cuando los profesores te 'cateaban' cuatro asignaturas sin miedo a traumatizarte como ahora, ese amigo con mayúsculas me dijo una frase de las que te calan. Una afirmación de esas que cuando las escuchas dices 'vale, bien', no está mal la máxima, que parece que te agrada, sin más, pero que cuando compruebas que resuena con eco en tu sesera y que la recuerdas un día, y otro día, y otro día, entonces dices: pedazo de frase. «Cuando yo era niño, en fin de semana o en vacaciones, mis hermanos y yo estábamos en casa aburriéndonos, porque mis padres tenían que descansar de toda la semana trabajando, o hacer otras cosas. Ahora, si a los niños no los llevas cada día a un teatro maravilloso, un centro de multiaventura o ven la última peli de dibujos el mismo día del estreno, casi que te tildan de maltratador». Es la sentencia que yo aplaudo y suscribo. La volví a recordar hace unos días, al escuchar al conseller Marzà en la radio apostar por el «ocio educacional». O lo que es lo mismo, que los niños que no tengan pueblo (benditos pueblos), puedan recibir ayudas públicas para ir a un campamento o escuela de verano. Ya el palabro 'ocio educacional' se las trae. Pero yo esgrimo la bandera de mi amigo y la promulgo como máxima hoy: dejemos que los niños se aburran, que descubran la grandeza de ser un 'feliz niño aburrido'. Yo lo fui: y gracias a eso me apasioné por la lectura, aprendí a disfrutar del placer de la soledad o imaginé juegos imposibles con mi hermano. En resumen: fui niño.

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