Mi fantasma y yo

Una pica en Flandes

Yo no creo por la mañana, la verdad, pero sí a media noche y más si oigo un ruido inexplicable

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

La primera vez que me encontré con él, yo tendría diez años. Ocurrió en el viejo apartamento de Náquera. Me desperté y lo vi alejándose por el pasillo. No dijo nada, se fue. Caminaba bajo un sudario blanco, limpio, y, aunque no enseñó su rostro, imaginé que se trataría de algún recién enterrado en el cercano cementerio del pueblo. Respondía a todos los tópicos que, sobre aparecidos, ofrecen películas y literatura para niños. Por entonces, mis equivocaciones, remordimientos y terrores, eran tan infantiles como yo. Después de aquello, tuve dos experiencias fantasmales más. Una, antes de divorciarme, con una novia cadáver que se asomaba por la ventana de mi habitación y musitaba el Padrenuestro y otra, antes de volver a casarme, cuando, durmiendo en un monasterio renacentista convertido en hotel por los Bosé, me sacudió una voz susurrando «antes de morir conviene rezar» y no fui el único que la escuchó en aquella celda transformada en suite. Pongamos que mi fantasma y yo hemos crecido juntos.

Ahora, cada vez que el Parlamento Europeo celebra pleno, paso cinco días en Estrasburgo. Los hospedajes suben sus precios en esa semana, así que, entre otros españoles, me alojo en un asequible albergue en un pueblecito cercano. Una pintoresca casa de postas del siglo XVIII. Ocupo una de las habitaciones de la antigua torre, con vistas a la parroquia y al camposanto. Pues, allí, también, me espera el fantasma. Todas las noches, a las dos de la madrugada, puntual, noto que alguien se sienta en mi cama, el colchón se hunde a mis pies. Enciendo la luz y no hay nadie. En ocasiones, la visita llega acompañada de sueños poblados de amigos que murieron y con los que me reencuentro con alegría, sin embargo, otras veces, al despabilarme, percibo una presencia maligna que me angustia y me pone la piel de gallina. Incluso, llegué a soñar con un compañero de Partido, al que había perdido el rastro, que, al día siguiente, supe que acababa de suicidarse. He pedido que me cambien de cuarto, pero será inútil porque el fantasma, tarde o temprano, me seguirá donde vaya.

Me dijo Iker Jiménez que algo tendrán los fantasmas cuando todas las civilizaciones, separadas por distancias y tiempos insuperables, han creído en ellos. Yo no creo por la mañana, la verdad, pero sí a media noche y más si oigo un ruido inexplicable. Digamos que tengo miedo al miedo tanto como estoy enamorado del amor y que, ambas debilidades, me hacen ver fantasmas. Y me desmejoran.

Mi fantasma y yo venimos del mismo personaje, él encarna a mis monstruos interiores y arrepentimientos. Es mi avatar. En esta edad tecnológica, morir acabará siendo lo último que no tenga remedio y el pánico a los muertos, por tanto, el único rastro de humanidad que no compartirán los robots. Por eso, cuando muera, quiero ser un gran fantasma. De hecho, muchos creen que ya lo soy.

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