Faltan las palabras

Beatriz De Zúñiga
BEATRIZ DE ZÚÑIGA

Cada vez resulta más anómalo hallar gente que exponga los hechos tal cual son. Pese a la subjetividad que, a su vez, ello supone. Verbalizar la realidad empieza a parecerse a una suerte de relámpago que se estampa contra los oídos, resquebrajando los esquemas de la comunicación habitual. Pues, aunque contamos con un vocabulario sobradamente vasto -nada menos que noventa mil palabras invaden hoy nuestro diccionario- quizá, la mayoría, sólo seamos capaces de emplear pocas más de unas mil. Para desgracia de todos, nos hemos asentado en el sinónimo cómodo, delicado y simplón. El que no molesta. El término homólogo que ni hiere, ni aterra. A diario, nos servimos de un léxico cargado de eufemismos, de expresiones políticamente correctas y conceptos ambiguos. Seguimos, a estas alturas, siendo incapaces de conversar sobre aquello con lo que coexistimos, sin sentir repulsión, inclinándonos por censurarlo y convertirlo en tabú. Nos espanta hablar del suicidio, pese a que más de 800.000 personas se quitan la vida cada año. Una, cada cuarenta segundos. Nos incomoda debatir sobre la brecha salarial y el machismo. La muerte digna. El aborto. La corrupción. La exclusión social. Los CIE. El sexo y las distintas sexualidades. La cadena perpetua. El VIH. O del cambio climático. Nos molesta casi todo. E, incluso, nos repele la palabra «depresión», y aun cuando afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, optamos por aislarlas con nuestros vetos lingüísticos. También odiamos aludir al cáncer. Sí, el cáncer. Pronunciémoslo. Vocalicémoslo con la honra de saber que ya no siempre es sinónimo de muerte. Dejémonos de emplear esa estúpida expresión de «una larga enfermedad», porque no hay análogo que sustituya a tan sobrecogedor término. Y demos paso a las palabras, porque hoy, parece, que sólo nos quedan las imágenes.

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