El falso techo

MIQUEL NADAL

Lo peor de todas estas cosas es la coincidencia de la explosión del escándalo en la semana de la muerte de Philip Roth, que forma parte de mi particular salón de la fama de la literatura. Y lo peor de lo peor es que el nombre de la ciudad, y la Comunitat vuelven a aparecer con el tú la llevas, que tanto daño provoca. Todo esto deberá ventilarse ante la Justicia, pero no debiera ser hurtado a la literatura, sin novelas de rencor, al servicio de nada ni de nadie, ni interesadas profecías retrospectivas. De todos los elementos, en esta época digital, de discos duros externos, y almacenamiento masivo de datos, quizá el más sorprendente sea de nuevo la aparición de papeles escondidos en un falso techo. Hay materia para hacer una historia contemporánea de las bambalinas, de la trastienda de los acontecimientos sociales y políticos, de las entretelas domésticas, siguiendo una cartografía de los falsos techos de las viviendas de la ciudad: el dinero oculto, las confidencias sentimentales, las fotos escondidas, las cartas que nunca se abrieron. Un ocioso y paciente aspirante a la exhibición literaria podría escribir la historia oculta del mundo a partir de los falsos techos y los estucos que ocultaron la cartografía de la maldad. Para los que tuvimos una moral de catecismo, muy primaria, nos fue suficiente con saber que la maldad, además de ser pecado, siempre contaba con un ojo superior del que nadie podía resultar indemne. Nadie. Ni en el pasado ni en el futuro. Transcribo la frase de Honoré de Balzac, en su novela 'La piel de zapa', que traduzco: «Querer nos quema, y poder nos destruye; pero SABER deja nuestra débil organización en un perpetuo estado de calma». No hay mejor definición de la pulsión destructiva de las ideologías y los proyectos políticos que no se retienen mediante el equilibro que aporta la sabiduría y el conocimiento. La pulsión de alcanzar el poder abrasa todos los proyectos políticos, y su ejercicio mediante el poder los destruye y corrompe. Unos más y otros menos. Solo la calma del conocimiento permitiría que el querer no se transformara en un objetivo tóxico, y que el poder no acabara siendo la confirmación, una vez más, de la pérdida de la inocencia. Aparecen sofisticados métodos de investigación, y la letra escrita, real, analógica, aparece, como en las películas, en un falso techo. Mientras haya mentiras, y gente que las quiera creer, existirán los falsos techos en la política y en la vida de las personas. Aunque ese ojo poderoso, el del interior del triángulo de mi infancia, lo acabe viendo siempre todo. Que nadie es inmortal, ni siquiera Philip Roth. Ya lo decía Tocqueville: «Cada gobierno ha producido sus sofistas. Y mientras moría, esos sofistas continuaban encargándose de probar que era inmortal». Un mundo humilde y austero, sabio, sin vanidad, sin sofistas, sin la obsesión del dinero acabaría con los falsos techos.

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