Una falsa democracia directa

FERRAN BELDA

Lo más provechoso que se podría hacer con los presupuestos participativos puestos en marcha en diferentes ayuntamientos son pajaritas, si no fallas. Hogueras. Pero no porque los proyectos aprobados en estos paripés embarranquen después en el fárrago administrativo, como se viene publicando, sino porque son una engañifa. Una estafa demagógica. A las autoridades se las elige para que decidan por sus electores; no para que luego deleguen en ellos esta responsabilidad y, en consecuencia, se desentiendan de los errores que éstos puedan cometer si liberan a Barrabás. El descrédito de la política no puede llevarnos a considerar más democrático un remedo de referéndum cocinado de antemano y celebrado sin las menores garantías de transparencia y pureza que un acuerdo adoptado por la mayoría de los representantes elegidos por sufragio universal. La democracia representativa será todo lo liberal, burguesa e imperfecta que se quiera, pero no es preciso aclamarse a Hobbes y a Locke para explicar que atrabiliarias votaciones electrónicas en las que sólo participa el 2,3% del censo de mayores de 16 años (Datos de Valencia), el 1,68% (Madrid), el 1,06% (de mayores de 14 años en Zaragoza) o el 1,85% (París) distan mucho de ser el no va más en la expresión de la soberanía popular. ¿Qué propuestas triunfan con un número de votantes tan escaso? Lo estamos viendo en todas partes. Las postuladas por los colectivos mejor organizados. Las tres elegidas en la convocatoria de este año en Vila-real lo demuestran: la creación de un taller de atención a mayores, dependientes o con incapacidad, la ampliación de los huertos urbanos y la instalación de juegos adaptados para niños con discapacidad en los parques. Y las escogidas en Xàtiva lo recontracorroboran, ya que una la impuso una APA y las otras dos se las coló un socio del Gobierno local (PSPV) a otro (EU), el promotor de esta iniciativa, que del disgusto ha decidido reformular el procedimiento para que esto no vuelva a ocurrir. No constituirá una excepción, si lo hace. El cambio de las bases de este tipo de 'concursos' es tan usual en la mayoría de localidades que se han sumado a esta moda populista como las acusaciones y sospechas de amaño en los descartes previos a la votación y en los apartamientos posteriores. Donde no modifican las reglas del juego porque sí, las modifican porque no, como va a ocurrir en Valencia. A Neus Fábregas no le convence el protocolo establecido por su predecesor Jordi Peris y ha decidido modificarlo de cara a la próxima edición de esta farsa. Un simulacro de democracia directa contra el que no se han pronunciado, sorprendemente, las asociaciones de vecinos, relegadas a un papel subalterno. Ni, cosa aún más inaudita, las formaciones menos contaminadas de populismo, ya que Ciudadanos se limitó a hacer notar que sólo 8 de los 71 proyectos seleccionados en Valencia estaban en marcha. Los demás, ni eso. No vaya a ser que parezca que no están a la última.

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