LA FALDA

Ellos, hay que recordarlo, toman las grandes decisiones mientras las señoras visitan obras benéficas o museos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Estoy deseando que reine Leonor. No porque me disguste Felipe VI sino porque quiero leer las crónicas de una jornada como la del día 12 de octubre presididas por una reina y acompañadas por un consorte. Me intrigan los comentarios de los cortesanos hablando del modelito del rey y de su mera presencia figurativa junto a la reina. Al menos, si nos atenemos a lo que sucede en la actualidad. Del rey se comenta el gesto serio. De la reina, peinado, vestido y zapatos. La igualdad no ha llegado a las crónicas de sociedad. No solo a esas sino al resto. A las mujeres se les exige un cuidado externo que en los hombres parece superfluo o pintoresco. Todavía hoy. Ya entrado el siglo XXI. Se ve en cualquier ciudad durante una noche de sábado. Ellos pueden ir con vaqueros y zapatillas; ellas no pueden renunciar a los tacones y el vestido elegante. Aunque ambos vayan a cenar al mismo carísimo restaurante.

Somos capaces de revisar ese canon sexista en todas las esferas de la vida pública pero no en la privada. Exigimos igualdad en los uniformes de las Fuerzas Armadas, en la ropa laboral y hasta en los colegios donde aún se obliga a las niñas a llevar falda. Aunque sus madres vistan pantalones a todas horas. Así lo entendió hace unos días Unidos Podemos presentando una proposición no de ley en el Congreso para instar al gobierno a quitar esa imposición y que las niñas puedan llevar pantalones. Imagino que también permitirán a los niños llevar falda. Fue así como protestaron los niños de un colegio británico cuando les obligaron a mantener el pantalón largo a pesar de los 30 grados que hacía en junio. Se pusieron las faldas de las chicas. Y nos resultaba chocante.

Como chocante fue ayer ver a Melania Trump recibiendo al primer ministro canadiense con un traje de pantalón y corbata en un look más masculino que el de su marido. Enseguida llovieron las críticas porque los floreros deben ceñirse a su función institucional de decorar y, al parecer, eso no se hace arrogándose la imagen de quien comparte reunión con los varones. Ellos, hay que recordarlo, toman las grandes decisiones mientras las señoras visitan obras benéficas o museos. Es un trato que tutela a la mujer como si fuera menor de edad. Como en las reuniones familiares en las que se le dice al niño: «vete a jugar; esto es una conversación de mayores», las mujeres no participan de las cuestiones políticas. Se puede defender alegando que los elegidos por los ciudadanos son ellos pero ahí tenemos que recordar las pocas mujeres que encabezan listas electorales.

En cualquier caso, el protocolo en la gran política sigue anclado en el siglo XIX. No hay más que recordar el escándalo nacional que produjo ver a la ministra de Defensa vestida de esmoquin. Igualdad para los ciudadanos pero no para sus representantes. De las mujeres notables, seguimos exigiendo feminidad. Como si nada hubiera cambiado en los últimos cien años.

Fotos

Vídeos