ÉXTASIS BLANCO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Acostumbrados al eterno secarral, a la pertinaz sequía, al implacable sol derritiendo nuestro espíritu salvo que tengamos un botijo a mano para refrescarnos de vez en cuando, la aparición de la nieve nos hipnotiza y nos sentimos como Jack London pateándose el gélido Yukon en busca de la fortuna fruto del oro. Balzac montaba empresas para forrarse y sólo conseguía aumentar sus deudas. Rimbaud también conoció la atracción del oro y marchó hasta tierras remotas buscando ganancias. Los escritores anhelando pasta más allá de los (escasos) beneficios de su (excelente) prosa abundan en la historia de la literatura.

Como nosotros, en general, carecemos de su genio, nos conformamos contemplando ojipláticos la nieve con esa cara de bobalicón que se nos pone cuando los castillos pirotécnicos. Decimos «ohhh» y «ahhh» ante esos fugaces prodigios naturales o artificiales porque el llamativo espectáculo nos conmociona.

Me encanta observar a través del televisor esas colas de personal que se forman cuando los copos blanquean la colina más cercana. Aparcan el coche como pueden, caminan en fila india con los niños y los trineos y aunque no lo sepan recrean aquella escena de Charles Chaplin en ‘La quimera del oro’. «Nada, hemos venido para que los chiquillos jueguen con la nieve, jejeje», comentan felices al micro esgrimido por el atribulado reportero.

La nieve provoca una suerte de éxtasis blanco y puro que les traslada a la travesura de infancia primitiva. Carreteras colapsadas y noticieros congestionados de fiebre bajo cero. La nevada como celestial totem antañón que altera nuestra rutina. Al menos, con el temporal, Puigdemont ha chupado menos minutos de actualidad. Viva, pues, la nieve, ojalá se recuperen los embalses y qué placer leer otra vez a Jack London arrullado bajo el calor de una chimenea...

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