EXPLORERS

ESTHER ASPERILLA

Alguien me preguntó no hace mucho porque esta columna se llama 'Explorers'. No siempre hablas de viajes, me dijo. Tenía razón. No siempre hablo de viajes. El significado más comúnmente asignado a la palabra explorador tiene que ver con viajar. Con recorrer el mundo en busca de lugares recónditos y desconocidos. Con trasladarse a otras partes del globo persiguiendo experiencias que nos saquen de la rutina y que se salgan de lo normal.

Eso en su sentido tradicional. Pero bajo mi humilde punto de vista un explorador en los tiempos que corren tiene que ir, por fuerza, mucho, mucho más allá. El explorador actual no viaja para conocer territorio sino para ahondar en terreno desconocido.

Y ese terreno muchas veces no está solamente ahí fuera. Ese terreno puede estar en nuestra manera de comportarnos. En lo que nos pasa y no nos pasa por la cabeza. En cómo nos relacionamos con los demás. En cómo reaccionamos ante las alegrías y ante las adversidades.

La mayor parte del mundo es tan desconocido a nuestros ojos como lo somos nosotros mismos. Tan inextricable que muchas veces tan solo podemos aspirar a encontrar la belleza en pequeños pedacitos de simplicidad. Nada, nada inspira tanto como un lugar o unos ojos que transmiten su certeza. Y es que, como ya nos advertía Manolo García, somos solo levedad.

Es cierto. No siempre hablo de viajes. A veces hablo de otras formas de viajar. O de cómo los viajes nos cambian por dentro. Destinos inciertos que se transforman en enriquecedores. Territorios que nos sorprenden. Que se convierten en nuestra salvación más allá de la religión que profesemos. Puertos que nos seducen con sus cantos de sirena. Lugares, personas y situaciones que cambian nuestra manera de ver el mundo. Que dan un viraje a nuestro destino. Que nos hacen escoger una opción, renunciando por descarte a las demás.

La vida (también) es renuncia, es aprender a renunciar. Es verdad. No siempre hablo de viajes. Pero siempre, siempre hablo de explorar.

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