EXILIO INTERIOR

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

No recuerdo qué ensayo me tenía enfrascado cuando leí por primera vez dos expresiones que se grabaron en mi memoria: «Injusticia cósmica» y «exilio interior». Ambas se referían a Dionisio Ridruejo, falangista de la primera hora, prosista extraordinario, íntimo de José Antonio, propagandista y orador brillante durante la guerra civil y, cabe añadir, casi que meláncolico profesional y perdedor vocacional.

Dionisio falleció tres meses antes que Franco y esto se consideró, en vista de su oposición constante, una «injusticia cósmica». Con lo de «exilio interior» se referían a la persecución a la que Franco le sometió pues, en efecto, Dionisio, pese a venir del bando vencedor se convirtió en uno de los primeros opositores a Franco y, como el dictador no le podía ni fusilar ni entrullar así a lo bruto teniendo en cuenta su refulgente pasado de falangista, se limitó a machacarle mediante un férreo marcaje de arrestos a domicilio, censuras literarias, espionajes variados y exilios interiores, por ejemplo en Ronda, donde le mandó una buena temporada. El exilio interior era el castigo descafeinado empleado por una dictadura para apartar a ese disidente que desde el fascismo evolucionó a la democracia. Precisamente, manda huevos, ahora que vivimos en una democracia asentada regresa el exilio interior, pero esta vez de caracter económico y por culpa de un gobierno autonómico atrapado por la corriente perriflaútica que pretende regresar a un sistema a medio camino entre la comuna jipi y un régimen chalado como el de Corea del Norte. Desde luego es una injusticia cósmica que las empresas catalanas se tengan que largar al exilio interior para preservar sus propios intereses y los de sus clientes y accionistas. Enhorabuena, los gobernantes catalanes han logrado un hito histórico. Ya pueden estar contentos.

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