LA EXCÉNTRICA ESPAÑA

PABLO SALAZAR

En la resolución del tribunal alemán, en las dudas que expresan los jueces respecto no ya sólo al procedimiento incoado por la Justicia española contra el expresidente de la Generalitat catalana Carles Puigdemont sino a la propia Justicia española, en los comentarios de algunos políticos alemanes y de otros países de la Unión Europea, es imposible no adivinar la sombra de la leyenda negra, del mito de España como país periférico del viejo continente, medio moro, pobre y atrasado, peculiar, diferente, folclórico, excesivo y radicalizado, ideal para pasar unos días de vacaciones, tomar el sol y comer paella pero poco fiable como socio de un club exclusivo. Más de cuarenta años de democracia no han servido, todavía, para borrar y limpiar la imagen de un país al que se sigue viendo como recién salido de una dictadura, por lo que sus instituciones y sus actuaciones políticas y judiciales pueden ser puestas en cuarentena sin que apenas se resientan las estructuras de una Unión que acaba de perder a uno de sus estados miembros más poderosos. Da igual. España es como el pariente pobre al que sus familiares pueden aconsejar acerca de cómo organizarse económicamente para no estar pidiendo dinero constantemente a hermanos, cuñados y primos. Le pueden hasta reñir, abroncar y avergonzar en público, algo impensable con otros. ¿O acaso alguien, en las últimas décadas, ha osado intervenir en la política británica para encauzar un conflicto, el de Irlanda del Norte, que ha dejado miles de muertos y heridos y una comunidad completamente dividida? ¿Alzó alguien la voz contra intervenciones policiales, militares, judiciales y penitenciarias que, aplicadas en España, habrían provocado las protestas de la izquierda, manifiestos de condena de los intelectuales progresistas y la inmediata queja de Amnistía Internacional? Los asuntos regionales, los de Alemania con Baviera, el Reino Unido con Escocia e Irlanda del Norte, Francia con Córcega, Bélgica con Flandes o Italia con Padania y Cerdeña, por citar los más notables, se han tratado y resuelto en el ámbito interno de cada país, no se han externalizado, no han opinado el resto de estados miembros, ninguno se ha atrevido a inmiscuirse en la política territorial de un estado soberano y democrático. Pero con España sí se atreven y hasta son capaces, a través de un simple tribunal regional, de poner en entredicho su ordenamiento y su Administración de Justicia, como si estuvieran hablando de una colonia que acaba de acceder a la independencia o de una república bananera que tras décadas de dictadura estrena una frágil, inexperta y vigilada democracia. Siglos después de inventarse la leyenda negra, la Europa del Norte nos sigue viendo como una excentricidad, una rareza y una molestia.

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