Mil euros

Arsénico por diversión

Aya nos recordó que cada regalo en la vida hay que recibirlo como merece, también el de los premios pequeños de la Lotería

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Se llama Aya y ayer fue la protagonista indiscutible del Sorteo de Navidad. Su forma de cantar los premios, arrastrando la 'i' cada vez que decía «mil euros» convirtió una retransmisión monótona -solo alterada con los grandes premios- en un momento cautivador y apasionante. Aya es el ángel de los mileuristas. Más de uno quisiera oírle cantar el sueldo cada fin de mes: «miiiiiiiil euros». ¿Quién ha dicho que solo hay que ponerse en pie, gritar y regocijarse cuando se anuncian cientos de miles de euros? Para quien anda en números rojos un mes sí y otro, también, el pellizco de la pedrea es la gran noticia del día. Y cabe celebrarlo como tal. Eso hacía Aya. Ella le ponía pasión, potencia en la voz y entusiasmo. El que se merece cada premiado del Sorteo. Su cantinela fue un homenaje a los olvidados de la televisión: a todos los que se llevan una chispita para darse una alegría en estos días. Porque no da para más. Pero tampoco es para menos.

Aya nos recordó durante un rato que cada regalo en la vida hay que recibirlo como merece, también el de los premios pequeños de la Lotería. O el de poder cantar en el Sorteo. O el de tener suficiente humor y tiempo libre durante toda la mañana como para no pensar en nada más que en los bombos que pueden cambiarnos la suerte. Bien lo saben los que están en un hospital o en una sala de urgencias, esperando otro tipo de noticias; o quienes esperan en un aeropuerto con el alma en vilo; o ante una entrevista de trabajo y en una oficina de empleo; o quienes van a recibir los resultados de unos análisis comprometidos o la decisión de un juez sobre la custodia de un hijo. La mañana del 22 de diciembre es un oasis entre tanto estrés, tanta tensión y tanta dificultad cotidiana. Ese día no parece que haya penas ni deudas ni nubarrones en el horizonte. Luego llega el despago por no haber sido agraciados y el consuelo de que, al menos, tengamos salud. Y aunque sea una certeza recurrente y un tópico que solemos despreciar, es lo más real de toda la jornada: tomar conciencia de que la suerte nos la labramos nosotros mismos en un porcentaje muy alto. O simplemente la vemos. La suerte es saber reconocer los premios que nos han tocado en la vida. Y, durante unos minutos, Aya ayudó a valorar esa cara B del sorteo.

El único riesgo en lo sucedido ayer en el Teatro Real era el modo de procesar esa fama efímera para ella. Las risas del público mientras cantaba, afortunadamente, fueron contextualizadas por sus profesores para evitar una mala interpretación de las niñas. También -la verdad sea dicha- para que la díscola cantara de un modo más canónico, a lo que ella hizo caso omiso y siguió demostrando libre albedrío en su forma de anunciar los premios. Un tono discordante hasta que llegó un quinto premio y ajustó para la ocasión. El anuncio del año que viene debería tenerla en cuenta. Ella simboliza mejor que nadie la ilusión del Gordo de Navidad.

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