ESTIGMAS Y LEVITACIÓN

Mª ÁNGELES ARAZO

Hubo un tiempo en el que casi todas las religiosas de Italia tenían visiones y suspiraban por levitar o mostrar estigmas. Si tal situación se daba en el siglo XIV, no extraña que a mediados del XVII fueran madres de familia quienes inducían a sus hijas a vestir hábitos y conseguir cualidades paranormales.

Así las cosas, la madre de Verónica Giuliani, al ir a morir, reunió a sus cinco hijas y, en lugar de entregarles hermosas sortijas o pendientes como recuerdo, les asignó las llagas de Jesús; y a Verónica, que era la pequeña, tenía recién cumplidos los cuatro años y todo le parecía un cuento fantástico, le tocó la del costado. Convencida de su destino, ingresó en el convento de capuchinas de Città di Castello, donde pronto sería nombrada maestra de novicias.

Todo marchó bien hasta que un día confesó a las hermanas que le había aparecido un estigma en el corazón; y antes de dos años los mostraba también en los pies y en las manos.

El revuelo fue enorme y la comunidad empezó a presumir de que tenían una santa entre ellas, pero ¡ay!, la jerarquía de Roma, que no deseaba enriquecer con más nombres el santoral y los altares, envió a un comité técnico para que investigara el caso de Verónica.

Los médicos y psiquiatras que lo componían le curaron las heridas, que no eran profundas, y para que no insistiese hurgando en ellas le enfundaron las manos en unos guantes que sellaron lacrándolos.

Sin embargo dicen que los estigmas continuaban. Contrariado el comité, le prohibieron hablar con las religiosas que ya le pedían favores; también rezar, y hasta le negaron la comunión, momento en que levitaba notoriamente, ante el asombro y los gritos de los fieles.

El periodo de observación duró cincuenta días y, al final, se vieron obligados a dirigirse al obispo, confirmando su santidad.

Y como lo era, de verdad de la buena, cuando murió hallaron en su corazón, no sólo el estigma, sino los instrumentos de la Pasión.

Ahora, en esta época, es que somos unos incrédulos.

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