Los Estados Unidos de Schulz

JOSÉ M. DE AREILZA

Martin Schulz se mantiene al frente de la socialdemocracia alemana, a pesar de haber conseguido el peor resultado de la historia de esta formación, que ya ha perdido a la mitad de sus votantes. En el reciente congreso de Berlín, Schulz no obstante ha obtenido un respaldo claro de los suyos y ha recibido el mandato de negociar con Angela Merkel para formar una coalición de gobierno, o al menos apoyar un gobierno del partido de la canciller en minoría. Todo menos la repetición de elecciones, que hundiría aún más al centro-izquierda. El infatigable Schulz ha aprovechado la ocasión para proponer el objetivo de los «Estados Unidos de Europa», una estación a la que según sus planes se llegaría en 2025. Esta federación, basada en la actual UE, tendría un gobierno económico parecido al que reclama Emmanuel Macron, con un Ministro de Finanzas europeo y un presupuesto para la moneda común. Sería un instrumento para regular la globalización y se articularía a través de un tratado constitucional, al igual que la fallida Constitución europea de 2004.

Los Estados miembros que no aprobasen el nuevo pacto deberían marcharse de forma inmediata de la Unión. Schulz tal vez ha vivido demasiados años en Bruselas, donde fue uno de los presidentes más batalladores de la Eurocámara. Se equivoca al intentar acelerar el proceso de integración a base de diseños de laboratorio: el primer país que no querría participar en un proyecto político como ese sería el suyo, si en Alemania estuvieran autorizados este tipo de referendos. Para que crezca la aceptación social de las políticas europeas, es necesario preguntar a los ciudadanos cuanta integración quieren y en qué áreas, una tarea ardua y, a veces, decepcionante. Ya no vale justificar la expansión continuada de los poderes europeos por los resultados obtenidos.

Dicha manera de pensar corresponde al despotismo ilustrado europeísta, generado en el momento excepcional de la posguerra. Claro que hay que fortalecer la UE para que sea un actor global y mejore en su funcionamiento democrático. El precio, sin embargo, no puede ser debilitar las democracias nacionales o expulsar del club europeo a los países con reticencias legítimas para aceptar la centralización de nuevos poderes. No hay apetito entre las poblaciones de la mayor parte de los Estados miembros para dar un salto cualitativo en la integración y gobernarnos aún más desde Bruselas.

Hace cuatro años el presidente del Tribunal constitucional alemán declaraba: «Mi peor pesadilla es levantarme un día y descubrir que el Parlamento alemán ya no tiene nada que hacer, porque todo se legisla desde las instituciones europeas». Para combatir la sensación de desenraizamiento que causa la globalización no tiene sentido oponerle un artificioso nacionalismo europeo, encapsulado en una suerte de macro-Estado. Mejor favorecer las identidades múltiples y superpuestas, el sueño cosmopolita de resistir frente a las identidades uniformadoras y monolíticas.

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