Estados Unidos tiene un morro que se lo pisa

Estados Unidos tiene  un morro que se lo pisa

INOCENCIO F. ARIAS

Se imaginan ustedes un club de doscientos miembros en el que, a la hora de tomar decisiones sobre el comportamiento de sus integrantes o sobre la realización de los objetivos de la entidad, hubiera cinco personas que, a diferencia de los otros humildes mortales, pudieran impedir que el club adoptara cualquier medida porque no fuera de su agrado?

El club existe y se llama las Naciones Unidas, donde sus miembros permanentes, es decir aristócratas, Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia, pueden frenar cualquier deseo de los ciento noventa restantes. Los tres últimos citados no ejercitan ese veto con frecuencia, aunque no renuncian a él, los otros dos lo hacen más a menudo. Recientemente Rusia lo lanzó para que no se condenara a su aliada Siria por la utilización de armas químicas en su guerra civil. Estados Unidos, hace dos semanas, para amparar a Israel en el tema de la capitalidad de Jerusalén.

La aplastante mayoría de la comunidad internacional, más del noventa por cien de los países, cree que Jerusalén, en su totalidad, no pertenece a Israel. El estatus definitivo de la ciudad es algo que tendrá que decidirse entre Israel y el futuro Estado palestino, que presumiblemente querrá crear su capital, con el beneplácito internacional, en la parte oriental de Jerusalén. Esta es la doctrina aprobada reiteradamente por la ONU. Sin embargo, los Estados Unidos de Trump han cerrado el año fumándose un puro con ese principio y declarando que van a trasladar su Embajada a Jerusalén, abandonando Tel Aviv, donde están las demás representaciones diplomáticas, que no desean dar a entender que la urbe de las tres religiones es totalmente judía.

No lo es, según la ley internacional. La ONU, al crear el Estado de Israel hace unos setenta años, estableció que Jerusalén sería un «cuerpo separado» por tener edificaciones que son la cuna de las tres religiones, cristianismo, islamismo y judaísmo. Como consecuencia de las guerras entre Israel y los árabes, el estado judío ocupó la parte occidental de la ciudad en 1948, lo que la comunidad internacional ha aceptado implícitamente, y posteriormente la oriental, algo que no se admite porque en ella se levantan esos edificios y porque se piensa que debería albergar la capital palestina. Dado que Israel considera a Jerusalén como su capital 'eterna e indivisible', la iniciativa de Trump de trasladar la Embajada -algo que aprobó el Congreso estadounidense en 1995, pero que Clinton, Bush y Obama no ejecutaron para no calentar el ambiente internacional- hace el juego a la postura israelita y no favorece precisamente las negociaciones para alcanzar la paz y dar nacimiento al Estado palestino que propugna la ONU. El impulsivo presidente, crecido con su trascendental reforma fiscal, su primer gran logro en un año, ha debido recordar que había prometido el traslado en su campaña electoral y complacería a bastantes de sus votantes y a muchos de sus donantes.

Efectivamente el ambiente se ha calentado ahora y en la ONU se ha condenado la decisión 'trumpiana'. El Consejo de Seguridad, el órgano con poder coactivo de la ONU, cuenta con quince miembros. Catorce, entre ellos tradicionales aliados de Estados Unidos como Londres y París, han querido aprobar un texto censurando la iniciativa. Estados Unidos, por sí y ante sí, lo ha vetado. No hay resolución (así es la ONU). En la Asamblea General, donde no hay veto y en la que se sientan todos los países miembros, es decir el mundo mundial, se pudo votar. 128 gobiernos aprobaron una resolución declarando nulo cualquier cambio en el el estatus de la ciudad. 9 votaron en contra (35 se abstuvieron y unos 25 debieron irse al retrete para no significarse, algo muy socorrido en temas melindrosos en la ONU).

Y aquí viene el morro. Con una votación tan abrumadoramente en contra, con una aplastante mayoría del Consejo de Seguridad que quiere mostrar su disconformidad, con la Unión Europea, España incluida, monolíticamente oponiéndose, cualquier gobierno así trasquilado, desearía que pasara la tormenta y no se hablara más del tema. Pero las grandes potencias, todas, no sólo Estados Unidos, tienen un ribete chulesco y Washington ha alzado la voz. La embajadora estadounidense en la ONU, Nikki Haley, se ha puesto mandona y sacado la caja de los truenos como si estuviéramos en la fecha en que Japón atacó sin declaración de guerra a Estados Unidos en el Pacífico: «Los Estados Unidos recordarán este día cuando fueron señalados con el dedo y atacados en la Asamblea General. Lo recordaremos cuando tantos países vienen a pedirnos ayuda. Nos acordaremos de este voto». Trump había sido más explícito el día antes: «Estudiaremos los votos. Que nos voten en contra. Vamos a ahorrar. No nos importa. Les damos centenares de millones de dólares y luego votan en contra nuestra».

La moraleja es clara. Si eres un país rico y ayudas de una forma u otra, a veces con créditos para comprar armas al proveedor de la ayuda, a los más necesitados, ándate con ojo antes de censurar algo que todo el mundo critica. Y lo critica porque la ONU lo considera una tropelía, según el derecho internacional. Los grandes, no sólo Estados Unidos, podríamos citar algún ejemplo de China, Rusia..., son así. Van de sobrados.

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