La espiral del aullido

Arsénico por diversión

La insumisión nace de la convicción de que hay valores personales por encima de los que la ley exige

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No sé si tiene que ver con el individualismo atroz de nuestro tiempo o si estamos educando a las nuevas generaciones en la disolución del concepto de autoridad pero uniendo un factor a otro, tengo la sensación de que hemos conseguido elevar el criterio personal a verdad absoluta. Decía Pérez-Reverte en una de sus polémicas tuiteras que todos tenemos derecho a decir lo que pensamos pero no a que nuestra opinión sea igualmente válida. Él lo explicaba así: «Eso de que todas las ideas son respetables es una imbecilidad. Lo respetable es el derecho a expresarlas». En efecto, tenemos derecho a proclamar que el sol gira alrededor de la tierra pero no a que sea tan respetable esa afirmación como su contraria. Me dirán que las verdades científicas no son opinables pero podríamos aplicar el razonamiento a la ley. Nadie puede prohibirme que diga a voz en grito que multar por conducir borracho es una exageración (en mi caso, he de aclarar que aún me parece poca la penalización que hay establecida) pero, si lo recoge así la ley, aunque opine lo contrario, he de cumplirlo.

Puedo preferir que la Tierra sea el centro de la galaxia pero si pretendo presumir de ptolemaica, no dejo de hacer el ridículo o de resultar un tanto esnob. Sin embargo, con la ley nos hemos situado en ese punto y exigimos respeto a nuestro albedrío libérrimo. Lo hacen quienes defienden a Juana Rivas o a Artur Mas a la puerta del juzgado. Podemos mostrar apoyo humano ante una situación que consideramos injusta pero reclamar que no se cumpla la ley es ligeramente distinto. Y mucho más dar por hecho que nuestro criterio es la ley verdadera. A no ser que optemos por una figura que no es nada nueva: declararnos insumisos. La insumisión nace precisamente de la convicción de que hay valores personales por encima de los que la ley exige y, en caso de contradicción, prevalecen estos. En efecto, no es nada nuevo. Ya lo defendieron los cristianos martirizados por Diocleciano que les obligaba a adorar a otros dioses que no eran el suyo, pero desacralizado el entorno, la apelación ya no es a un ente superior ni a unas convicciones religiosas sino a la opinión personalísima. Apoyada, eso sí, por un entorno similar que nos da refugio en una versión renovada de la espiral del silencio de Noelle-Neumann. Si esa estudiosa defendía que a veces nos callamos por miedo a discrepar del entorno, ahora se ha creado una 'espiral del aullido' que nos acoge cuando queremos negar a voces una realidad. Ocurre eso en Cataluña. La insumisión legítima se ha transformado en negación de todo el sistema, a coro, y defendida con violencia si es necesario. Nada que ver con la resignación con la que asumían las consecuencias penales de su rechazo al ejército quienes hace décadas se negaban a hacer la mili. Ahora rechazan incluso esas consecuencias. Pero la insumisión nunca es gratis, aunque pudiera ser legítima. Mucho menos si no lo es.

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