Espectáculo

El público se retuerce de placer viendo que el castigo a los políticos de ayer se está aplicando a los de hoy

F. P. PUCHE

Al público, dicho sea en términos generales, la gusta ver que ya no hay alcalde en Alicante y que su resistencia inútil ha durado tanto, o tan poco, como la de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Al público, esta es la realidad, le gusta ver que el político que hizo trampas se quema y se quema, como el remate de una falla, hasta que todo queda en manos del Jefe Supremo, del Divino Inapelable -da igual Sánchez que Rajoy- que toma, como el Caudillo, la última decisión. El muñeco cae en medio de la hoguera de las vanidades. Ya está, uno menos. O una más, que aquí sí hay igualdad de género. En el fondo es un deleite, la extrema comprobación de que todos son, o somos, del mismo barro esencial, frágiles y temblorosos, trapaceando con el máster, la fachada, el disimulo, entre apelaciones inútiles a la democracia, la presunción de inocencia y la justicia.

El público lo tiene escrito en casa desde los tiempos de Cánovas y Sagasta. «De moliner cambiarás i de lladre no escaparás», decía una bisabuela que se crió en la escuela escéptica del caciquismo, cuando se pagaban dos duros por un voto y se rompían las urnas a bastonazos. «Todos son iguales», dice el dictamen frío de los que no quieren que las cosas cambien. Y se solazan viendo que los padecimientos que algunos tienen que sufrir estas dos últimas semanas a costa de cosas que, de ocurrir, ocurrieron hace ya once años, vienen a resultar idénticos a las que estigmatizaron a sus rivales, por razones idénticas, en los mismos días de vino y rosas de aquellas malditas elecciones.

Estamos revisando lo que ya vimos y aplicando en un lado el baremo sin piedad que en su momento usaron para desalojar del poder a los que estaban. De modo que el espectáculo consiste en que les echamos en cara el barro que esparcieron y ponemos bajo el foco aquellas limpias moralejas con que llegaron al poder, el brío de sus sentencias morales, la energía vigilante de sus avisos, la potencia puritana de los departamentos que crearon para fomentar y vigilar la moralidad pública y el ahorro, la no intervención y la pureza, la exigencia y el ejemplo.

¿No lo veis? Estáis usando varas de medir de doble filo y mal calibradas. Y el público se retuerce de placer viendo el mismo desfile de muñecos tristes, la misma cadena de escenarios, las excusas, los titubeos, las vacilaciones, en espera de que, si viene el caso, la Justicia abra una carpeta y tengamos en la montaña un nuevo, tristísimo sumario.

¿La moral y el ejemplo son valores con etiqueta o deben ser dispensados igual para todos? ¿Hay una moral de izquierdas y otra de derechas? ¿Hay corrupción matizable? El péndulo va y viene, solemne, y señala su hora de la venganza entre el regocijo de un público que pierde la fe a jirones. Y a mí, qué quieren que les diga, todo esto no me gusta un pelo.

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