Españistán, nación de naciones

Una pica en Flandes

El país, siguiento la ruta del 'procés' de Cataluña, no está tan lejos de los Balcanes pacíficos y surrealistas

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Hace casi una década, el periodista Jacobo de Regoyos escribió un libro extraordinario llamado 'Belgistán'. Pretendía explicar al público español la enésima crisis existencial que, por entonces, atravesaba Bélgica, 550 días sin gobierno, y le salió un relato fascinante sobre las absurdas consecuencias políticas del nacionalismo intransigente. El menosprecio del otro o el complejo de superioridad basado en el dinero no son, pues, exclusivos de los 'indepes' catalanes o, incluso, valencianos. La idiotez es más universal de lo que sospechamos. Bélgica ha logrado ser una excéntrica nación de naciones, «balcánica, pero pacífica y surrealista». Como la Syldavia de Tintín a la que Hergé dotó de un idioma inspirado en el dialecto bruselense que hablaba su madre. Un modelo para la España plurinacional hacia la que nos encaminamos si, entre todos, no ponemos sentido común y remedio.

En el país de la capital de Europa coexisten, sin mezclarse, dos naciones con sus respectivos territorios, lenguas y credos: Flandes y Valonia. No hay rey de Bélgica, apenas un «rey de los belgas». Los flamencos sólo usan el neerlandés y los valones, el francés. Unos son católicos, otros agnósticos. Unos liberales, otros socialistas. Aquellos inscritos en el censo como flamencos no pueden votar a partidos valones, ni a la inversa tampoco. La revolución de mayo del 68, por ejemplo, se vivió en la antigua universidad de Lovaina como un conflicto lingüístico. Los estudiantes flamencos protestaron violentamente contra el afrancesamiento de la institución al grito de: «Hablad neerlandés» o «valones ladrones». ¿Nos suena? Al final, hubo que dividir la academia en que enseñó Erasmo en dos, construyéndose en Brabante, a 50 kilómetros, otra universidad para francófonos, Lovaina la nueva. La histórica biblioteca se repartió y las obras con más de un tomo quedaron prorrateadas entre ambas, un volumen en cada una. La sandez no es invento español, todavía.

La otra noche robaron en casa de una compañera casada con un belga neerladófono. La pareja de policías que acudió al domicilio, desgraciadamente, era francófona, así que, según la ley, no podían recoger la denuncia, aunque todos allí hablasen perfectamente francés e inglés, y les tuvieron que dejar tirados. Mis amigos esperaron más de una hora en la calle hasta que un agente flamenco se dignó acudir. Esto es plurinacionalidad a nivel de usuario.

En Bruselas hay una librería española, llamada Punto y coma. Ayer observé que el librero ha repuesto el ejemplar de 'Belgistán' que compré. Siempre tengo uno, me dijo, antes lo pedían los recién llegados para comprender lo que pasa aquí, ahora muchos expatriados se lo llevan para prepararse por lo que pueda ocurrir en casa. Es que Españistán, siguiendo la ruta del 'procés', no está tan lejos de estos Balcanes pacíficos y surrealistas, le respondí.

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