Dos Españas

En un mismo día, disgregar y construir: la huelga general política y la demanda del corredor mediterráneo

F. P. PUCHE

Ni más ni menos. "Deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado". Seis minutos y medio en los que ni sobraron ni faltaron palabras. Como hizo su padre en aquella noche lamentable del golpe de Tejero, en 1981, el rey don Felipe, el martes, dijo lo que tenía que decir, lo que podía y estrictamente debía decir: lealtad incondicional a la Constitución que nos ampara a todos. Y obediencia a las leyes, al orden jurídico, a la legalidad y el estado de derecho, sin los cuales -lo estamos viendo a cada hora- la calle no es más que un caos revolucionario, un delirio anarcoide donde se pisotea la dignidad de la convivencia.

Para los que le conocimos feliz con los juguetes que la Feria de Valencia hacía llegar cada año hasta la Zarzuela, ha sido un enorme consuelo, una reconfortante vitamina, ver que aquel niño, que en enero próximo cumplirá 50 años, también está sacándole las castañas del fuego a un país donde siempre hay alguien que se empeña, estúpidamente, en aguar la paz social de todos los demás.

Después del discurso del rey, tras su apelación a que los poderes del Estado restablezcan el orden constitucional, tienen que pasar, han comenzado a pasar cosas de importancia. La ley debe prevalecer aunque sea por caminos difíciles y dolorosos. La paradoja, es de temer, la encontraremos en un partido socialista lleno de miedos y titubeos, que se empeña en querer establecer un diálogo con quienes han cometido un delito y siguen persistiendo en él sin signos de rectificación.

Pero el caso es que, como el domingo del infamante referéndum, este martes último parece haber sido trazado a cartabón para entrar en la historia. Por el discurso del rey, sin duda alguna. Pero también porque las dos Españas quisieron darse cita, y se hicieron visibles, por caminos bien diversos.

Y es que, hay que reconocerlo, vuelven a existir dos Españas. Hay una, la de la Cataluña enferma de nacionalismo y radicalismo, que se empeñada en destruir, desmontar, restar y separar. Y que una vez ha roto la legitimidad y la cordura mediante un aquelarre de urnas ilegales, se obsequia con una jornada de huelga política para mirarse en el espejo narcisista de su desobediencia.

Y hay, por fortuna, otra España. Que es la que el martes se dio cita, ahora en Madrid, para reclamar, a través de más de dos mil empresarios, ese corredor mediterráneo por el lucha desde hace varios años. Esta es la España que no pide proteccionismo, sino herramientas de trabajo; la España que busca mercados sin privilegios e infraestructuras para crecer más. Es una España, en la que la Comunidad Valenciana destaca y es destacable, que lo que quiere, lo que siempre ha perseguido, es sumar, construir, unir y vertebrar. Una comunidad, la nuestra, que en 1909 empezó a cantar sin recato su empeño de "ofrendar nuevas glorias a España". Y que sigue en ello, sin caer en la trasnochada tentación del nacionalismo.

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