España en la calle

Belvedere

Si un extraterrestre hubiera llegado a este país en el mes de marzo pensaría que está al borde de una revolución

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

España es país de manifestaciones. Nos encantan. Un análisis rápido llegaría a la fácil conclusión de que cuarenta años de dictadura reprimieron nuestras ansias de expresarnos con libertad, por lo que desde la muerte de Franco decidimos colectivamente resarcirnos y tomar la calle. Si a eso le añadimos el habitual buen tiempo de que disfrutamos, la ecuación está completa. Se manifiesta la izquierda, la derecha, los nacionalistas, los independentistas y los regionalistas. Se manifiestan los taxistas, los examinadores de autoescuela, los profesores asociados, los interinos, las familias de acogida, los jubilados, las mujeres y hasta los policías y los guardias civiles. Se manifiestan los regantes del Júcar, los opuestos a la imposición del catalán en Baleares, los partidarios de la autonomía leonesa independiente de Castilla, los que reclaman un túnel para el AVE en Murcia y los que piden que el tren de Extremadura a Madrid no tarde tanto. Nos hemos manifestado a favor y en contra del aborto, a favor y en contra del matrimonio homosexual, a favor y en contra de la OTAN, por la independencia de Cataluña y por la unidad de España, por el agua para todos y por el agua para la región por la que pasa el río, por la educación pública y por la educación concertada, contra el terrorismo de ETA y a favor del acercamiento de los presos etarras al País Vasco. Hemos vivido hasta manifestaciones masivas contra el descenso administrativo del Sevilla y el Celta a segunda división, que ya tiene mérito. Es una buena y sana costumbre, una forma de participación democrática siempre que se ejerza pacíficamente, no como lo que acaba de ocurrir en Madrid con las protestas por la muerte accidental de un inmigrante senegalés en Lavapiés, alentadas por la izquierda radical y antisistema para sacar beneficio de la agitación y el malestar. Ayer mismo, en varias ciudades españolas se manifestaron eso que ahora llamamos los mayores, en demanda de un incremento de sus pensiones, y el pasado día 8 las calles se llenaron de mujeres en lo que ha sido unánimemente considerada como una movilización histórica que incluso ha trascendido allende nuestras fronteras. Y aunque -creo que ha quedado claro- España padece de manifiestofilia, también cabe preguntarse si no habrá algo de gregarismo, de ese seguidismo que nos lleva a imitar -a veces con escasa reflexión- determinadas actitudes por el riesgo de quedarnos excluidos, de no querer nadar contracorriente, de sumarnos a lo que está de moda porque está de moda. Y lo que está de moda en esta España aburrida de sí misma es manifestarse. Porque piénselo un momento: ¿de verdad España está tan mal como para esta repentina, inesperada pero parece que muy bien planificada fiebre de manifestaciones que poco menos que nos hacen ver que estamos al borde del caos, del desastre más absoluto, y necesitados de un redentor que nos salve antes de que sea tarde?

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