La España de todos

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El otro día leí en un periódico deportivo madrileño que Isco y Marco Asensio encaraban con España «el desafío de acercarse a Xavi a Iniesta». Vaya, pensé, menudo «desafío» les espera, ganar un Mundial y dos eurocopas, que es lo que los dos centrocampistas del Barça lograron entre 2008 y 2012. No lo van a tener nada fácil. Pero es que, por si no lo sabían, en la capital del viejo imperio andan entusiasmados (ahora sí) con la selección por aquello de que la presencia de jugadores madridistas ha aumentado en cantidad y, sobre todo, en calidad. Piensen que en aquel equipo dirigido por Luis Aragonés, que logró cambiar la hasta entonces triste historia del combinado nacional (más allá del mítico gol de Belauste, el de Zarra en Maracaná y el de Marcelino contra la URSS), apenas había dos jugadores de la casa blanca, Casillas y Sergio Ramos, decisivo el primero, accesorio el segundo, pues de hecho jugaba como lateral porque en el centro de la zaga eran inamovibles Puyol y el valencianista Carlos Marchena. Pero España bailaba al ritmo que tocaban los dos jugadores del Barça, y especialmente Xavi, un futbolista irrepetible. Y el otro club determinante de aquella selección -aunque apenas nadie lo reconozca- era el Valencia, que además del defensa sevillano aportaba a David Villa, el goleador, y a David Silva, otro de los locos bajitos que le dieron personalidad y toque al once. Ha querido el azar, o la agenda, que la contundente victoria de España contra Italia haya venido casi a coincidir con el esperpento del Parlament catalán, con ese burdo desafío al Estado de derecho, al sentido común y a la decencia que es exigible a cualquier cargo público. Y ahora, frente a los errores cometidos con el modelo autonómico (diecisiete cámaras legislativas, diecisiete ejecutivos, transferencia de la competencia sobre educación, transferencia a Cataluña y el País Vasco de la competencia sobre seguridad ciudadana y orden público...) surge en sentido contrario un afán no ya recentralizador sino de españolización forzosa a la madrileña. Lo cual nos lleva a que en materia futbolística se planteen que lo mejor sería que la selección tuviera una sede fija, que esa sede fija fuera Madrid y, ya puestos, el estadio Bernabéu. Como Inglaterra, dicen. Claro, sólo que Wembley no es de ningún club londinense, pequeño detalle que suelen omitir. Por contra, algunos pensamos que un patrimonio que la selección no debe perder es ser de todos, poder jugar en casi todos los estadios españoles (en todos no, en el Camp Nou o en el nuevo San Mamés de momento no), concitar no sólo el interés sino el entusiasmo allá por donde va. A algunos aún les duele que España no jugara la primera fase del Mundial 82 en Madrid. Otros, en cambio, aún conservamos las entradas de aquellos tres partidos.

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