El escultor Capuz, ¿la siguiente víctima?

El escultor Capuz,  ¿la siguiente víctima?
m. a. n.

MIGUEL APARICI NAVARRO

De buen seguro que entre los planes consistoriales tapados está el de quitarle el nombre y placa de la calle a nuestro valenciano escultor José Capuz; por franquista, claro. Lo que me extraña es que no se haya llevado a cabo todavía, como ya sí que se han tapado con pintura blanca los nombres de la hornacina principal de la iglesia de La Punta o se ha cambiado el nombre a la -asimismo monteolivetera- Avenida General Urrutia (nombrado en su día Concejal Honorario y gran protector del convento desamortizado de Santo Domingo); con el 'inri', dicho sea de paso, de sustituirlo por el de un republicano también militar. Como para que luego digan que la memoria histórica no es parcial.

Capuz fue, ni más ni menos, que el mayor homenajeador del General Franco. ¿No debe considerarse así al que levantó una monumental escultura al citado personaje? Ecuestre y de uniforme, por más señas.

Pero ahí sigue la calle con su rótulo nomenclátor. Viendo pasar a los autobuses y al denso tráfico. Acogiendo al famoso ambulatorio, que recibió el nombre popular de «el de escultor Capuz»; que ahora ostenta su propio nombre de «Luis Oliag».

Nada menos que cuatro ejemplares se hicieron de la magnífica obra de arte escultórica (no olvidemos que Capuz enseñó dibujo a la familia Sorolla) y todas las he llegado a conocer antes de que fueran quitadas de su emplazamiento.

La primera en El Ferrol (del Caudillo). Menos mal que estuvo atento El Arsenal. Eran tiempos en que me llamaban los paisajes gallegos y en los que fotografié la efigie y el corcel ya abandonados a su suerte y aún sobre el alto podio obrado; pero con los excrementos de las gaviotas y alguna que otra 'pintura de bote' recorriéndole el rostro y la pechera de relieve condecorada.

La segunda en la plaza de la 'madrileña' ciudad de Santander, capital de la actual invicta Cantabria. Donde la imagen, que ofrecía a sus lados del soporte las frases lapidarias del testamento del viejo Jefe de Estado, acabaron de igual guisa; con el agravante, de la provocadora colocación a su mismo pie frontero de un bloque de piedra marmórea que ostentaba un gigantesco escudo de España blasonado con la corona mazonada o republicana.

La tercera, frente a los Nuevos Ministerios; la primigenia (1964). Al paso y vista de todo circulador por La Castellana.

Y la cuarta en nuestra propia ciudad, en la que fuera Bajada de San Francisco y plaza de Emilio Castelar y que, antes de ser simplemente del País o del Ayuntamiento, tuvo por muchos años el nombre (y aún se gasta...) de «del Caudillo».

Motivo por el que, al inutilizarse los viejos urinarios públicos para emplazarla, por su posición montada de estratega con mano alzada apuntando con documento enrollado dio lugar al dicho popular y burlón de que desde la montura nos decía: «Ara, a pixar... ¡al riu!».

Afortunadamente, ante el movimiento de pieza en el tablero del alcalde Casado estuvo al quite el general Vallespín, que pasó a convertir el primer claustro o «de la palmera» de Capitanía en el emplazamiento temporal del metálico monumento historicista; quedando renombrado por el vulgo el recinto como «el claustro del caballo».

Ninguna de estas piezas, original y copias, están ya en el lugar para el que fueron fundidas artísticamente. Y no es cuestión de mentar su paradero.

Pero ahí sigue, viendo pasar el tiempo, el escultor Capuz con su calle a cuestas.

Magnífico detalle de tolerancia, por parte de los revisionistas de la Historia; máxime cuando se están perfilando cambios en la Ley para devolver su honor a los demócratas represaliados por la llamada Dictadura.

No nos explicamos, pues, este desvío de la memoria de la persona del ínclito escultor levantino. Que tanto contribuyó, con su buen hacer, a que la figura imaginera del jefe de las fuerzas nacionales y, durante décadas, Jefe del radical cambio del Estado español permaneciera ante la mirada diaria de miles (millones) de españoles; en vida y hasta después de muerto.

Quizás tenga un parangón en que también el general Franco, a la hora de encargar la manifestación pública de homenaje a su persona, tuvo que mirar hacia otro lado cuando se enteraría de que el tal Capuz había sido uno de los cofundadores (11 de febrero de 1933) de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Entidad dedicada a enaltecer y divulgar las conquistas y avances del socialismo en la URSS.

Lo importante, tuvo que pensar..., es que era el mejor escultor de bulto.

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