Esclavos de la Ley

La Ley es el mismo principio del ciudadano libre, como lo prueban los incontables tiranos y los que buscan anularla en su beneficio

VICENTE GARRIDO

Para ser libres hay que ser esclavos de la ley», escribió el insigne Cicerón. Veo estos días a muchos jóvenes universitarios en Cataluña, ilusionados (eso sí, antes de que Puigdemont hiciera el amago con la declaración de independencia); tienen la edad de mis alumnos, llevo toda la vida, como es lógico, relacionándome con estudiantes universitarios. Puedo comprender esa ilusión: nada menos que se les ofreció la oportunidad de 'partir de cero', de ser partícipes de la construcción de una nueva República, y con ello de contribuir a una sociedad fuertemente sentida como 'nuestra', y donde poder prosperar en paz y libertad.

Cuando escribo estas líneas desconozco la respuesta del Gobierno y la reacción que ésta conllevará, pero no es importante para el comentario de hoy. El presidente catalán ofreció en su aspecto formal un gran discurso; la pena es que estuviera tan plagado de su propio sesgo. Cuando ofreció su mano a todos los catalanes pero al tiempo consideró que 'la mayoría' de ellos había mostrado que quería la independencia reveló hasta qué punto el punto de vista de uno puede estar sesgado. No hay ninguna persona medianamente objetiva que pueda sostener esta afirmación, a partir de la cual se construye todo el argumento a favor de la independencia, y por ello mismo se derrumba.

Y luego está la Ley. Muchos jóvenes compran el argumento de que «ya que la Constitución nos ahoga, rompamos con ella y creemos nuestras leyes propias». Este es el discurso oficial, y es lógico de los chicos lo asuman, porque no han aprendido la vital importancia de someterse al imperio de la ley; fuera de ella todo es arbitrario. La Constitución podría autorizar cualquier cosa si las mayorías parlamentarias lo permitieran. Podría existir un Parlamento que aceptara el derecho de autodeterminación, aunque fuera inédito en Europa y en casi todo Occidente, si así lo decidieran las Cortes. La mayor o menor dificultad para que esto se produzca no puede legitimar su desobediencia, porque entonces no tendríamos nunca un suelo firme en el que asentar nuestra convivencia.

Los jóvenes que ahora protestan airados nunca han vivido en una sociedad donde el imperio de la ley era solo una aspiración. Al nacer en ese colchón tan mullido, se cuenta con él y no se valora lo que es dormir en el suelo. Lo que me cuesta comprender es por qué tantos adultos han despreciado este legado tan poderoso que nos hace fuertes como pueblo, ahora que Europa solo sobrevivirá si la identidad supranacional logra afianzarse frente a un mundo incierto, con unos Estados Unidos como nunca ajenos a todo proyecto esperanzador. Podamos hacer la ley que queramos, pero una vez la aprobemos, hemos de ser sus esclavos, hasta que no sea derogada. La Ley es el mismo principio del ciudadano libre, como lo prueban los incontables tiranos y los que buscan anularla en su beneficio.

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