Los errores y las dudas

MIQUEL NADAL

Cuanto más avanza el proceso en singular, pues no existe otro, más se sitúa uno del lado de las dudas, y se plantea dónde está instalada la fábrica de certezas en que se expenden las píldoras de verdad que trufan las discusiones, cuajadas de la repetición de proclamas de catecismo. Errar, sin mala fe, no solo es posible, sino que le hace a uno felizmente imperfecto. Hace alguna semana, hablando de los chalets de los periodistas, una deficiente conexión neuronal me hizo situar su autoría en Joaquín Rieta y no en la correcta, y espléndida, de Enrique Viedma. Mis orejas de burro son esta columna, a repetir de vez en cuando, con culpa agravada por el hecho de que tan solo unas semanas antes en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares estuve viendo en uno de los legajos de la Ley de Casas Baratas los planos de las casas. Se pide perdón por un lapsus linguae, pero no se reclama cuando las consecuencias de tu determinación, de tu narcisismo delirante, y de tu patrioterismo de pandero, ajeno a la humildad, pueden modificar la vida, la hacienda y la convivencia de millones de personas. Si yo reuniera todo el dinero de los libros que en mi biblioteca llevan algún derivado de la palabra nación, me daría para sufragar un buen viaje o sustituir todos los libros por los diecinueve volúmenes del Diario Literario de Paul Léataud. Y además porque después de tanta lectura al respecto uno se da cuenta de que el mundo ha cambiado tanto que es imposible presumir de certezas. Lo que habrá que atribuir al proceso es su influjo profiláctico. La eficaz vacunación contra los excesos verbales, contra las hipérboles, las exageraciones maniqueas, las proclamaciones ampulosas, las terribles apelaciones al franquismo no vivido, y la infame teatralización de los sentimientos. Es la tiranía del relato, de ese cuento infantil que muchos reclaman como bálsamo para la realidad. El tema que subyace, también, es la reclamación de una sociedad adulta, sin relatos de patrias como princesas durmientes, ni cenicientas leales ante la madrastra, y sin que llegue nunca el príncipe azul. Ese es también nuestro reto como valencianos. Un relato adulto. Sin reclamar un palio para deambular en la vida de las naciones, sin supremacías. Hablando de aulas, pacientes, farmacias y dependientes. Contaba Eugeni Xammar que aprendió francés leyendo los discursos de recepción en la Academia Francesa. En el que pronunció en 2016 Alain Finkielkraut recordaba el concepto que aparece en el libro de Simone Weil, publicado post mortem por Albert Camus, L'Enracinement, el «patriotismo de compasión», el que nace no de la grandeur ni del orgullo, sino de la ternura por lo frágil. Cuenta Finkielraut que descubrió que amaba Francia el día que tomó conciencia que era mortal, y que su «después», no tenía nada de atractivo. Igual se trata de reivindicar como valencianos, nuestra feliz imperfección. No habría que descartarlo.

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