En nuestra circunstancia hay quienes deciden en política, educación, etc., y que están causando males que dañan lo común (en lo familiar, administrativo, local, etc.) a todas las personas y tendencias, incluso originan graves acontecimientos, pero parece que no les sucede nada, ni a ellos ni tampoco en su proyección social. Consecuentemente, ni dimiten, ni cesan. Podría ser que, en vez de reflexionar, proyectan la culpa de los hechos y sus consecuencias a los otros. ¿Hay responsabilidad? Ni Kim-Jong-un, ni Hitler, ni Stalin las asumieron.

Pensemos en el hoy. En nuestro contexto actual, social, político o familiar, son siempre los miembros más débiles de la sociedad quienes corren mayor riesgo frente a esta peligrosa manifestación de impasividad e inconsciencia. Las víctimas suelen ser los no nacidos (aborto y manipulaciones genéticas), los niños (comercio de órganos), los enfermos y ancianos (eutanasia), los pobres (abusivas imposiciones de control demográfico), las minorías, los inmigrantes y refugiados, y también los votantes, la mayoría silenciosa.

Para que se actúe correctamente, hay que distinguir entre responsabilidad respecto a sí mismo, que implica la necesidad de coherencia, de la responsabilidad social, que es la coordinación del sujeto como persona con el mundo (por ejemplo, ante los electores, ante los compañeros, la mujer o hijos, etc.). En su doble perspectiva es un modo de cultivar y manifestar la conciencia moral, que reúne deber con responsabilidad. Si los mandatarios no piensan y hacen así, podríamos atisbar una especie de dictadura de los valores de uno o varios.

Con relación a los peligros de los totalitarismos, Spaemann manifiesta que los ciudadanos a veces desobedecen las leyes porque chocan con sus valores, y el Estado tiene el derecho de obligarlos a vivir dentro de los límites establecidos por sus normas legales. No obstante, no debe permitirse que el poder del Estado, en aras de la promoción de valores, intente impedir que la gente haga cosas (hablar su idioma, vivir su religión, etc.), que no están prohibidas por la ley.

Para evitar mentes totalitarias, la educación debe incluir en sus quehaceres el sentir culpa. Lo cual conlleva promover dos actitudes: reconocer errores y disculparnos. Al efectuar esto demostramos que sentimos afecto por el otro y que podemos reconducir una relación estropeada. En términos pedagógicos, así se favorece el desarrollo personal: se adquiere más madurez y se inserta uno en el tejido del sentido común.

Las tendencias, lo que en animales llamamos instintos, no son controlados, están bajo el gobierno del subconsciente. Los humanos, sin embargo, tenemos como tarea educativa el objetivar (ver si concuerda o no con el sentido común) lo que está reprimido en el inconsciente.

Pero para educar o gobernar hay que distinguir el complejo de culpabilidad (este nos roba; tales me persiguen...) del sentimiento de culpa, a que nos referimos arriba. Acomplejarse es insano, porque daña la autoestima, así se originan las paranoias, depresiones, ira... Esto es más grave si ha sido promovido mediante medios de comunicación o la escuela. Estas educaciones son manipulaciones causantes de una debilidad personal.

Al contrario, conciencia es poseer la verdad, orientarse en el bien, comprender, tener sabiduría. Por consiguiente, el sujeto libre es dependiente de la verdad. Es decir, ha de saber su cultura, con todos los valores que la constituyen. Lo cual es uno de los componentes del sentido común. Y ¿qué sucede si se inventan la historia de los hechos culturales, como ha afirmado Eliot? Tenemos una manipulación que crea ciudadanos con poco criterio. ¿Y si estos nos gobernaran, o fueran padres?

Además, la conciencia no es sólo cognoscitiva, también implica saber formular normas adecuadas, relacionarlas con los valores e implantárselas uno en forma de acciones humanas. Eso es conciencia moral, estética, lógica. Por esto, los valores generan normas. Las normas contrarias o ajenas a los valores comunes a las generaciones se basan en la propaganda, que sólo emociona, sin promover el todo del sujeto.

La inteligencia emocionalizada en exceso entorpece la conciencia de la vida normal y la capacidad de efectuar la autodeterminación. Así, se toman decisiones empujados por una circunstancia sin historia. Lo cual no es beneficioso ni para sí, ni para la sociedad. Lo afectivo es beneficioso si se encauza para vivir los valores que las generaciones han conquistado con sangre, sudor y lágrimas. Estas virtudes integran el yo, pues acarrean que uno se responsabiliza.

Sin embargo, crecer es salir de ese estado de dulce irresponsabilidad. Madurar es ir entendiendo que somos los únicos responsables de lo que hacemos o dejamos de hacer. Aprender a reconocer los errores y sacar de ellos nuevos aprendizajes. Saber reparar los daños; incluso, pedir perdón. Pero si no lo aprenden no lo practican, ni en casa, ni en el gobierno.

Ante este reto de civilización, el educador (padres o docentes) debe promover acciones libres en los educandos, no sólo que pudieran valorarse éticamente, sino que han de ser actos que, al realizarlos, el sujeto se construye a la vez. Todo se basa, como dice el Papa en Santa Marta, en que el pecado no es una mancha que se quita en la tintorería. Uno hace camino al andar.

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