ERRORES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La información es Poder y algunas redes sociales, o todas, o casi todas, manejan jugosa información acerca de nuestros hábitos, horarios, gustos, apetitos, compras, preferencias, fobias, deslices, rincones ocultos y relámpagos etílicos. Pero ni siquiera nos inyectan una solución acuosa tipo «suero de la verdad». Nosotros mismos narramos nuestras existencias con alegría y singular exhibicionismo. Y nosotros somos el producto con el cual pueden traficar. Les ofrecemos gratis los contenidos. Aterrador. Ahora algunos se indignan porque resulta que nos manipulan mientras acudimos al matadero bajo el silencio de los corderos o el bisbiseo de vieja de visillo. ¿Y qué esperaban? Nadie regala nada en el magma capitalista sólo que hoy, los zorros multimillonario de los chiringuitos cibernéticos, esos muros de fotos domésticas que se ventilan para satisfacer ansias de fama jibarizada, gastan flequillo, zapatillas y camiseta zarrapastrosa. Lucen pinta cercana, de vecino que pimpla cañas y zampa bocata de mortadela. Si el traje y la corbata espantan pues se supone que reflejan el alma del ejecutivo depredador, el aspecto enrollado tranquiliza porque destila esa banalidad simplona. Pero no son nuestros amigos, a ver si por fin nos enteramos. Para ellos no somos sino esa masa dúctil, moldeable, previsible, ingenua. Cuando te registras en una red vendes tu personalidad al diablo cojuelo y encima te encaloman sin vaselina. Qué gustito, oye. Han creado un mundo paralelo y nuestros comportamientos son el oro que les nutre. Fingen bonhomía pero se dedican a la especulación más arrolladora. «Se han cometido errores», acaba de confesar, cinco días tras el escándalo, el jefazo de Facebook. Pues sí. La diferencia es que él lo sabe todo acerca de millones de personas y nosotros ignoramos los entresijos de su vida.

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