Errar es un placer

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Atrincherados tras la coraza tecnológica una importante parte de la masa ha erradicado un placer fundamental de la vida, el de equivocarse cuando recorremos en plan turista otras zonas más allá de nuestro terruño. Antaño algunos se armaban con esas guías para viajeros, y así sólo pisaban los museos, fondas y hoteles que recomendaban esos libros esquemáticos. Hoy, quizá esas mismas personas y las nuevas generaciones, consultan lo que se nos apunta desde internet.

Qué extraño, esto de prestar atención a lo que afirma un desconocido que pasó por allí. Sin embargo, a eso hemos llegado por culpa de nuestra pereza. ¿Y quién es ese tipo que machaca o aconseja un determinado establecimiento? ¿Cuál es su bagaje? ¿Aprecia 'Grupo salvaje' o es fan de la repugnante 'Sonrisas y lágrimas'? ¿Su paladar es exquisito o su lengua es una lija adicta al sushi? Ah, pero como esa sentencias, normalmente anónimas o bajo seudónimo, aparecen en la red, el personal traga sin pestañear teledirigido a golpe de ratón. Lo bueno de viajar consiste en dejarse arrastrar por el olfato y el instinto, en buscar callejuelas angosta de gatos pardos marginadas de los circuitos, en toparse con baruchos de nativos carisecos que zampan delicias secretas y, también, en equivocarse, insisto, porque en esos errores reside la gracia del viaje que luego se recuerda entre risas. Pero en nuestra sociedad papanatas el error, lejos de fortalecer nuestro espíritu para futuras empresas, pues siempre se aprende del fallo, se castiga y se pena con severidad porque sólo existe hueco para el triunfo y los viajes o son un runrún de burbuja artificial o se les considera un fracaso. Equivóquese, no tenga miedo, y encamine sus pasos según el dictado de sus entrañas, no según la opinión de un perfecto desconocido que sin duda es más tonto que usted.

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