ENTRAÑABLES SANDALIEROS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Florecen los primeros conatos de kale borroka en Barcelona. En esta ocasión, el enemigo no es ese estado español tan imperialista que achanta sádico al prójimo con su bota festoneada de clavos, sino los invasores turistas que vienen aquí girovagando algo papanatas selfi va y selfi viene. Los cachorros de la CUP todavía segregan mayor energumenismo que sus líderes.

Décadas intentando atraer el maná turístico, con esas campañas tipo 'Spain is different', con ese logotipo de Miró, con esos ramos de flores ofrecidos a la turista diez millones, con esos chiringuitos de camatas pecholobo babeando ante las suecas, con aquel inteligente y visionario alcalde el Benidorm visitando a Franco para que permitiese el pecador bikini en las playas, y ahora un puñado de taradetes pincha las ruedas de un bus turistic y de varias bicicletas de alquiler. ¿En qué quedamos? ¿El turismo es bueno o malo? La avalancha de guiris es nuestro petróleo y convendría no excedernos de finolis con ese torrente de calderilla fresca. Por supuesto habrá que prescindir de esa mocedad destarifada que acude hasta nuestras costas para tajar con frenesí de garrafón nocturno, pero un respeto hacia ese sandaliero familiar que zampa grumosa paella, se chuta sangría por la vena y adquiere color de crustáceo. Al turista decente se le mima y se le teledirige para que su cartera aplauda bien lubricada, y punto. La kale borroka que socarraba cajeros automáticos y autobuses en el País Vasco finalizó cuando obligaron a los papuchis de esa juventud imbécil a pagar los estropicios. No parece que, de momento, en Barna, Ada Colau esté por aplicar esta saludable medida. Si algún día los turistas desvían sus pasos para dirigirse a otros territorios menos hostiles ya verán cómo les añoramos. La turismofobia es el hijo bastardo de la estulticia.

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