Los enredos de Iván el Terrible

Sala de máquinas

A Iván Redondo no le gusta la prensa libre. No tolera que el periodismo sea ajeno a los dictados de su genio

Los enredos de Iván el Terrible
Sr. García
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

El miembro del gobierno sanchista más publicitado y jaleado por los medios no se sienta como titular en el Consejo de Ministras, ni siquiera en el Consejo de Ministros, pero cuenta con un poder similar e incluso superior a ellos. Es un publicista, como lo llamarían los americanos, que saben atribuir a todo nombres acertados y concretos. Se llama Iván Redondo y todavía anda lejos de cumplir los cuarenta años. Un publicista al que los medios han dado en otorgarle poderes casi mágicos o taumatúrgicos. Llevó a García Albiol (PP) a la alcaldía de Badalona con una campaña antiinmigración, colocó en no mal lugar a Basagoiti (también PP) en las elecciones vascas donde el PNV perdió el poder, ubicó en la presidencia de Extremadura a Monago (más PP) al rebautizar como 'barón rojo' a un político que en efecto los principios ideológicos le parecen kleenex desechables a cambio de un talante que por carca e inflexible sí podría pasar por podemita o comunistoide. Luego, el publicista Iván Redondo fue fichado por Pedro Sánchez en su peor momento; y con él ganó las primarias y luego la presidencia del Gobierno mediante el atajo de la moción de censura.

No extraña pues la mano de Redondo en el diseño del gobierno sanchista, tan potencialmente impecable, tan 'cool' y tan efecticista. Parece el gobierno sacado de un algoritmo creado por el publicista teniendo en cuenta las distintas corrientes de opinión y las variadas tendencias sociológicas de la vida española; un gobierno que surge de los análisis, las hojas de cálculo y el big data. No nos ha salido el temido gobierno Frankestein con prótesis prestadas por podemitas e independentistas, pero el algoritmo de Ivan ha implementado sin duda un modelo de gobierno Frankestein, sólo que a lo Netflix en lugar de monstruoso y violento; un prototipo guapo extraido de ese algoritmo que bulle dentro de Iván Redondo, sumando miembros de procedencia diversa: crédito político transversal (Borrell), meritoriaje y prestigio público (Marlaska), celebridad (Duque), cercanía a los colectivos emergentes (Huerta), trayectoria académica y/o funcionarial (Rivera, Calviño), feminismo acreditado (Calvo), pundonor ideológico (Montón, Delgado), lealtadas personales (Ábalos, Robles) y la cuota pata negra partidista adscrita al sanchismo (Planas, Celaá). En definitiva, un gobierno de centro nuclear, el que podría haber formado Albert Rivera. Eso sí, a cambio, es un equipo excesivamente grande, para dar cabida a todas las concesiones; un gobierno con riesgo de inoperancia al recaer en el viejo vicio hispánico del gigantismo, que tanto agrada a la administración y a la izquierda.

El presidente Sánchez ha convertido al publicista Iván en su jefe de gabinete, el puesto de poder más importante y crítico de La Moncloa. Esto es un salto al vacío. La presidencia del Gobierno operando como si fuera un plató de televisión, atendiendo más a la reacción de las audiencias que a la resolución de los desafíos. Redondo ha confesado que despertó su vocación con aquella serie mítica de toda una generación, 'El Ala Oeste de la Casa Blanca', que fue a la ficción política lo que El Quijote a la literatura; allí se abordaban conflictos supuestamente reales, en una traslación de los hechos al entretenimiento audiovisual. Lo que vemos ahora por Netflix y otras factorías de contenidos es otra cosa, entra de lleno en el terreno de la manipulación y fabricación de mentiras; pero resulta inquietante cómo la política española se parece cada vez más a las series de ficción.

Pero todo esto de la nueva comunicación no es más que otra operación marketiniana, como si el mundo lo acabáramos de inventar y antes no hubiéramos contado con magos de la propaganda. España tuvo muchos estrategas del camelo antes que Iván Redondo. Hace medio siglo, Enrique Herreros hizo bajar de un avión en Barajas al actor Juan Luis Galiardo con una venda en los ojos, argumentando que se había quedado ciego de repente durante el vuelo, con el fin de promocionar una película que acababa de rodar en Canadá. Galiardo fue un invidente transitorio, de apenas 24 horas, lo justo para que los periodistas publicaran el disparate. Alfredo Fraile asegura que su mentor, Herreros, le enseñó el oficio de mago: «la clave es crear expectación, llamar la atención, armar ruido...», «inventar montajes que consigan provocar un impacto tremendo a un coste mínimo...». Fraile se propuso acabar «con la seriedad de las campañas electorales en España» y trasladó a la política las prácticas del mundo del famoseo y los espectáculos. Las memorias de Fraile (se pueden comprar de saldo en París Valencia) revelan como acreditados periodistas asesoraban al CDS mientras seguían firmando sus columnas en la prensa; con un pie en cada lado de la orilla. Y también que convencieron a un colaborador de Mercedes Milá para que la traicionara y les pasara por anticipado el guión de las preguntas que pensaba hacerle a Adolfo Suárez en una mítica entrevista de televisión. Trucos, trampas, chanchullos. Y teatralidad, incitaron a Suárez a que durante la emisión debía ir acercando disimuladamente su silla a la de Milá: «tienes que cogerla del brazo». Material para 'House of Cards' en la España predigital.

Esta es la manera en la que hemos llegado hasta el exitoso Ivan Redondo. Lo diré ya: un profesional de primera y un tipo de segunda. Los periodistas respiramos por la herida y eso nos hace parciales, es verdad, porque tenemos un problema. A Iván Redondo no le gusta la prensa libre. No tolera que el periodismo sea ajeno a los dictados de su genio. Cuando ha tenido poder, ha llevado a cabo las mayores represiones que uno ha conocido en casi tres décadas de trabajo. Anular contratos con productoras porque no le gustaban las informaciones del periódico de ese grupo editorial, retirar publicidad institucional, negar el acceso a las fuentes, órdenes de bloquear a ciertos informadores, preparar dossiers a la carta contra profesionales, dictar los titulares a los medios, exigir la cabeza de directores y hasta perseguir a empleadas de la administración casadas con periodistas independientes, la represión llegó incluso a un traslado laboral a 160 kilómetros de su residencia (cabe preguntarse qué respondería el feminismo gubernamental de conocer tal historial). Todo muy de Netflix y de los Underwood. Quizá todo aquello sea pasado, pecados de juventud y del aprendizaje, pero si forma parte de su fondo temperamental, los presentadores de RTVE van a tener que preservar el luto de los viernes hasta ni se sabe. Redondo es sin duda un chico de oro con la diestra y además da muy bien por la tele, pero en la otra mano guarda un garrote. El presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, uno de los políticos más enteros y decentes que uno ha tratado, puede contárselo a Pedro Sánchez con pelos y señales. Cuando se enteró hace un año del fichaje estelar del publicista, fue lacónico: «lo que nos quedará por ver». Y no se equivocó.

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