El enigma Sánchez

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Más allá de su buena planta, no parece poseer Pedro Sánchez unas especiales aptitudes para consagrarse como un gran dirigente político, eso que se llamaba un hombre de Estado. Y sin embargo, hay que reconocerle una peculiar habilidad para adivinar por dónde sopla el viento y ponerse así a su favor. Cuando renunció a la secretaria general de su partido para, posteriormente, anunciar que se presentaría en el congreso que finalmente lo entronizó como líder indiscutible, comprendió perfectamente que la andaluza Susana Díaz estaba quemada desde el minuto 1 no por el caso de los ERE, que no le afectaba directamente, sino por ser la candidata del establishment, de la vieja guardia, de los expresidentes, de, por así llamarlo, «la casta» del partido. A la contra, casi sin apoyos, construyó una imagen de resistente, de David contra Goliat, con el resultado ya conocido. Pero sin presencia en el Congreso y con un bipartidismo en retroceso ante el ascenso de los emergentes -Ciudadanos y Podemos-, el flamante secretario general asistía al lento pero imparable hundimiento del partido que más tiempo ha gobernado en España desde la restauración de la democracia. Salvó el match ball de los comicios de 2016 (Iglesias no pudo dar el sorpasso), pero con el peor resultado del PSOE en su historia. Hasta que llegó su oportunidad en forma de moción de censura y la aprovechó, bien es cierto que con el indeseado aunque imprescindible concurso de independentistas, proetarras, nacionalistas y populistas. Tampoco conviene rasgarse demasiado las vestiduras, es lo que hay, así está montado el sistema parlamentario español y no debería el locuaz José María Aznar hablar más de la cuenta, no sea que le recuerden sus concesiones al entonces president y hoy corrupto reconocido Pujol, que llegaron hasta el punto de obligar al Consell de Zaplana a crear una Acadèmia Valenciana de la Llengua, que no Acadèmia de la Llengua Valenciana. Y tras la moción vino un Gobierno que ha descolocado a Rivera y ha quitado a Iglesias el poco espacio que le quedaba, con más mujeres que hombres (fruto del eco de las movilizaciones multitudinarias del 8-M), atención especial a gestos y palabras (consejo de ministras y ministros), guiños al colectivo LGTBI y presencias mediáticas que dan brillo y glamur al gabinete. La política cambia muy rápido, en cuestión de semanas, de días, pero el que ya se veía en la Moncloa tendrá que esperar y el que creía ser la voz de «la gente», el que esperaba su momento, el que iba a rentabilizar el malestar de los jóvenes, los mayores y las mujeres, se ve ahora relegado, sin sitio y caricaturizado por el casoplón. Y todo por culpa de un político que no parece gran cosa pero que de momento es quien lleva la iniciativa.

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