EL ENIGMA MONTOYA

MIQUEL NADAL

Mis hijos conocen y disculpan mis numerosas fobias e inercias vinculadas al fútbol. La principal consiste, invariablemente, y a una decena de metros del campo, en intentar asustarlos con que me he dejado los pases. Hace años aún funcionaba. Ahora es una evocación de la nostalgia. Pero hay otras. La fobia estrella es la elección de trayectos hacia Mestalla coincidentes con resultados positivos, con las mismas calles y aceras en la ida y en la vuelta. Pero la madre de todos los temores, un tanto infantil, es la alergia extrema a llegar corriendo a la localidad con el partido empezado. No soporto verlos desde otro asiento que no sea el mío, ni me gusta comentar los partidos. La tensión hay que soportarla en solitario. Por eso la ida de la Copa, llegando a los 3 minutos de juego ya fue síntoma inequívoco de que las cosas iban a ir mal, y que más valía haber vuelto a casa. Para un fóbico esos son los partidos que nacen ya con una malformación. Son partidos equivocados con un error inicial cuya culpabilidad, además, me atribuyo, en un signo de idiotez máxima. Uno tendría ya que saber que las desventuras en la grada de un maduro hipertenso nada tienen que ver con el resultado. Aprovecho esos partidos con un descorche erróneo para fijarme en ciertos jugadores, en las reacciones que provocan en los aficionados, y en el misterio que supone que la mayoría de ellos y yo mismo animemos al mismo equipo. En la vida también sucede. Los papeles siempre van a la mesa del que los despacha. Las responsabilidades a la mochila de quien las asume. La evaluación final sobre el que despacha poco, asume menos y vive mejor que el resto, rara vez es capaz de reconocer el mérito de quien al menos intenta escribir mejor, emprender en los negocios, o generar espacios en un campo de fútbol. Parejo podrá estar bien, mal o regular, o incluso es legítimo que su perspectiva del fútbol no sea del agrado de todos. Pero resulta inconcebible que el jugador que intenta las cosas y por el intento cometa errores resulte criticado, cuando en el mismo rectángulo de juego sucede lo contrario. Uno se fijaba en aquella banda de Montoya, más cerca en una parte del duelo, y en el otro extremo en la segunda, y no hubo un solo intento de ensayar nada diferente. Un enigma que habilita que suba cualquier chaval de la cantera. Recepción del balón y pase sin riesgo. Una y otra vez. Es evidente que esa manera de entender el fútbol se salda sin errores. Nunca hay error. Nunca hay cuchicheo en la grada. Es una apariencia de presencia física en el terreno de juego que jamás se convierte en una iniciativa venturosa. No hay riesgo ni por lo tanto ventura. Es pura ocupación física de un espacio y simulacro de asociación con pases horizontales de funcionario de manguitos. El enigma Montoya.

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