ENERO

ESTHER ASPERILLA

Hay quien detesta enero. Con la Navidad por detrás y con la resaca de las fiestas. Con el árbol por recoger y con el verano tan lejos. Mi amiga Ana dice que enero es al año lo que el lunes a la semana. Para muchos es la época de la desidia, de la pereza y de la hibernación. El mes más frío del año.

Y sin embargo, no todo es hielo. La palabra enero proviene del latín y fue elegida para designar el mes de Jano. La derivación se produjo así de januarius a jenuarius y de ahí, aunque el salto etimológico sea bastante grande, a enero. El nombre no se escogió al azar ni mucho menos. Los romanos representaban a Jano con dos caras, una mirando al pasado y otra al futuro. Ese doble rostro se atribuye al final de una época y el inicio de una nueva. Jano era el dios de los umbrales y de las puertas. Era también el dios de las transiciones. De lo que entra y de lo que se va.

Ese parece ser el motivo principal de que el primer mes del año se dedicase a él. Y también por esa razón, de entre todos los meses, yo elijo enero. Porque eso es lo que hacemos cada principio de año. Soltar lo que queda atrás. Abrazar un nuevo comienzo. Un interrogante. Una hipótesis. Una fábula o un sueño. Aunque nos desconcierte y nos inquiete. Aunque nos dé un poco de miedo. Porque si lo pensamos, saber lo que va a pasar durante el resto de nuestra vida sería muy aburrido. Porque la incertidumbre siempre juega a nuestro favor. Porque engloba lo posible y lo imposible. Por eso enero. Porque lo admite todo. Por eso este mes. Por eso. Para volver a empezar. Y sí también porque nos lo merecemos. Nos merecemos desconocer lo que pasará mañana. Ignorar con quién compartiremos un café. A quién alegraremos el día. O quién nos robará un beso. A quiénes encontraremos. De quién nos despediremos. Por eso es la hora. Ahora. Por eso este es el momento. De estrenar calendario. De ajustar el reloj. De dejar que suceda. De empezar de cero. Por eso si me dan a elegir, de entre todos los meses posibles, yo elijo enero.

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