Y ENCIMA LO LLAMAN NOU MESTALLA

Me aturde el temor de que el estadio abandonado perdure ahí por los siglos de los siglos sin que a nadie importe

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Todas las mañanas llevo a mi madre hasta la plaza Vicent Andrés Estellés, algo así como un lugar ignoto, pues ni los taxistas saben dónde está ni aparece en los navegadores. Es una plaza bien hermosa con un parquecito y todo al lado de las vías del tranvía. Después de dejarla, giro la esquina y me doy de bruces con esa mole mortecina de hormigón que despertó, perdiéndose ya en los abismos de los tiempos, la ilusión, y una buena dosis de orgullo, de miles de valencianistas. Juan Soler meneó su bigotillo en 2006 para presentar la maqueta de un estadio cinco estrellas que iba a ser la envidia de media Europa.

En 2007 llegaron las excavadoras y las grúas con sus fauces y sus picos para ir dando forma a ese gran lego para el valencianismo. Se iban unos obreros y entraban otros en un ritmo frenético y hasta hubo que llorar la muerte de un peón. En la avenida Cortes Valencianas comenzaba a intuirse una entrada a Valencia espectacular y en el otro flanco, en la calle Nicasio Benlloch, menos fastuosa, frontera de un barrio obrero con gimnasios para tipos rudos y poco habituados al lujo, comenzaron a aparecer bares bautizados con nombres de temática futbolera que ahora suenan grotescos frente a ese cadáver gris que parece no oler pese que a mí, la verdad, me apesta.

Bajas por la calle y ves como, tras las vallas que delimitan el terreno, asoma un pino torcido y varios árboles más a los que el otoño desnudó hace meses. Detrás permanecen, once años después del inicio de las obras que un buen día pegaron aquel infausto gatillazo, unos silos estirados y casetas blancas y horribles de constructoras destructoras. Focos sin luz -muy apropiados para un estadio sin juegos-, plásticos, pilas de ladrillos olvidados y colmillos de hierro que asoman de la inmensa estructura de hormigón que sigue esperando que ruede el balón y que grite la gente y suenen los bombos y llegue la fiesta para que los bares se sacudan ese aspecto lóbrego para que entre el bullicio del forofo con ganas de lubricar el gaznate.

Pero solo queda el zurullo más grande de España y, saludando a los coches de Cortes Valencianas, dos carteles desteñidos de Bertolín y FCC. Un estadio apocalíptico del que nadie parece acordarse, como si esos miles de metros cúbicos allí plantados desde 2007 fueran transparentes.

Peter Lim, que se quedó un club por el que nadie dio un paso, por el que nadie mostró su fortuna, coló en el contrato de compraventa de Meriton una cláusula, y cito el artículo que escribió mi compañero Toni Calero cuando se cumplieron diez años del inicio de las obras, «donde se reflejaba el compromiso de Meriton para finalizar las obras en 2019 pero no la obligación». Vamos, una tomadura de pelo en toda regla.

No muy diferente a la 'sofocante' presión del Ayuntamiento de Joan Ribó, que obligó a que el estadio esté terminado en 2021, y el vetusto Mestalla, convertido en escombros en 2023, pero que si no, tampoco pasa nada...

Da risa. Como cuando se anunció que el rutilante estadio acogería la final de la Champions de 2011 o que se utilizó como comodín para solicitar a la IAAF el Mundial de atletismo de 2009, el mismo en el que Usain Bolt, en Berlín, maravilló al mundo con sus récords estratosféricos en los 100 y los 200 metros.

Ahora recuerdo abochornado cuando entrevisté a Lamine Diack, el ahora expresidente de la IAAF, cuando vino al Mundial indoor de 2008 y desde su inmensa suite le explicaba que el estadio iba viento en popa y que merecía la gran cita atlética. Ingenuo de mí.

En octubre el Valencia, que sigue mirando hacia otro lado como si aquel muerto no fuera suyo, comentó que el nuevo proyecto iba a ser mucho más austero, con un aforo inferior a los 61.000 previstos, y una cubierta menos espectacular (y cara). Pero de aquello nunca más se supo. Otra tomadura de pelo más.

Y ahí sigue, sin que nadie se manifieste o siquiera reniegue, ese esqueleto mastodóntico afeando la ciudad y burlándose de ese barrio que pensaba en grandes noches de espectáculo y dinero fácil. Un año tras otro, me lo sigo topando casi a diario, tan feo, tan monstruoso, tan indignante, y sigo con la sensación de que soy la única persona a la que le molesta tamaña porquería. Y a menudo, mientras agrando el tranco para dejarlo atrás cuanto antes, pienso si dentro de cinco, diez, veinte años seguiremos teniéndolo ahí, ofendiendo a la vista. Y encima lo llaman Nou Mestalla. Anda ya.

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