El encanto de los monasterios rurales

PEDRO PARICIO AUCEJO

De mirada suave y voz serena, dialogante, pausado en el hacer, respetuoso con las personas y la naturaleza... Así es fray Ángel, el cocinero del entrañable monasterio valenciano de Santo Espíritu del Monte. Y así lo describió Jesús Trelis en una de sus más bellas 'Historias con delantal' publicadas en LAS PROVINCIAS. Evocando sus muchos años perdidos -aquellos en los que olvidó la verdadera esencia de las cosas-, el autor del blog vio en este religioso manchego la representación de la imagen tradicional del monje católico y el símbolo de lo que debería ser la vida.

Cuando el sol todavía no anuncia el despertar de la Calderona, desde hace más de seis siglos y ante la presencia de un Dios que da sentido y armoniza todo, comienzan a activarse las rutinas del convento. Allí, el cálido sosiego -cómplice de un tiempo que se sabe acariciado- hace irradiar la grandeza de lo cotidiano. La transmutación de la austeridad en excelencia muestra la riqueza de la pobreza. El bálsamo del silencio impone su verdad en el cenobio de Gilet, donde, sin sometimiento ni explotación, late la humilde reciprocidad entre el dar y el recibir: de la cocina al templo, de la hospedería al claustro, de la biblioteca al huerto. En éste, mientras las calabazas dormitan apoyadas en la solana de la fachada conventual, el palpitar de coles y puerros convive con los frutos invernales de naranjos y limoneros.

Sin el menor resquicio -también yo recorrí el mismo itinerario hace ya más de tres décadas-, comprendo esta afectividad volcada por Trelis en el papel y la espiritualidad descubierta en su visita a tan popular comunidad franciscana. ¡No es para menos! Pero, a pesar de su amplio conjunto arquitectónico, de la historia en él cobijada y del agradable valle que le rodea, su encanto no supone una excepción en la nómina de monasterios rurales que trufan la geografía española. Puede variar la institución religiosa que aliente sus estancias, su cercanía o lejanía del mar, la vegetación de su entorno, la orografía de su territorio, su mayor o menor apartamiento de la población... Poco importa que sea diferente el acceso a sus instalaciones, el aroma de su boscaje o la heterogeneidad de su flora ornamental. ¡Qué más da si les orea la brisa del Mediterráneo, si las tupidas adelfas bordean sus caminos o si son pinos, palmeras o algarrobos los que custodian sus paredes!

Su fascinación está en aquello que otorga razón a su ser. Es el atractivo de la -por San Juan de la Cruz (1542-1591) cantada- «llama de amor viva». En los monasterios rurales, el íntimo vínculo que traba lo natural con lo sobrenatural es fruto del «toque delicado que a vida eterna sabe, aspirar sabroso de bien y gloria lleno». Por su seducción, miles de mujeres y hombres de todas las épocas, en entrega total de su existencia, han convertido sus vidas en oficio de intimidad con Dios y con la humanidad. El fundamento de su actitud no se encuentra en la valía artística de un monasterio ni en la riqueza de su paraje natural, sino en la irradiación total de Cristo en sus personas. Como un oasis en medio de muchos desiertos humanos, los consagrados constituyen la avanzadilla de la confianza comprometida en un misterio que está por realizarse: el del mañana de una vida definitiva con Dios. Su proceder cotidiano -desde la organización de las tareas y los tiempos hasta la ubicación de los espacios- evidencia que todo está ordenado a facilitar su concentración en torno a la centralidad de Dios.

La vigencia hoy en día de este tipo de vida en el ámbito religioso no está desligada del resto de formas de entender y practicar la fe, sino unida por un nexo cimentado en la radicalidad -formulada por Santa Teresa de Jesús (1515-1582)- de que «sólo Dios basta»: cuando se le encuentra, en Él se tiene todo y ya nada falta. Esta es la clave que da sentido a la existencia y permite encarnar con determinación el Evangelio. Si -por tener su origen en Dios y estar agraciado por su presencia continua- cada ser humano experimenta una sed de infinito que no puede ser saciada sino por Él, no cabe mejor opción que reconocer con naturalidad la pertenencia personal respecto de ese Dios y actuar en consonancia con ello en toda coyuntura y condición de vida.

Sin embargo, este testimonio del señorío de Dios sobre la historia y el de la consiguiente anticipación en este mundo de su gloria futura adquieren un sentido especial en el caso de las personas consagradas. Su quehacer diario muestra que su corazón no se desentiende de nadie, ni es ajeno a nada esencial de cuanto sucede en el mundo: además de cumplir con las obligaciones propias del culto divino, las rutinas asociadas al mantenimiento doméstico de la vida conventual y los momentos de recreación, reparten su jornada diaria entre la dedicación al trabajo y la formación. Pero el modo de vida de estos religiosos demuestra que sólo Dios es lo único verdaderamente necesario. ¡Ahí está su encanto!

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