ENAMORADA DE ZAZA

HÉCTOR ESTEBAN

Ayer por la mañana volví a la pachanga matutina del periódico. En LAS PROVINCIAS algunos tienen la sana costumbre de jugar un partido de fútbol a las nueve y media de la mañana en el campo que comparten el San Marcelino y el Colegio Salgui. Nadie pisará ese terreno con más clase que la que tiene Fernando Gómez Colomer. El partido de ayer fue once para once. En los dos equipos se mezclan tipos de diversa calaña, edades y condiciones. Oxigenas y pasas un buen rato. Al finalizar unos almuerzan y otros cargan el petate para ir a trabajar. Además, como la alfombra de césped artificial es nueva, ahora todo es mucho más bonito. Es casi como cuando en mis tiempos de fútbol base te pelabas las rodillas en los campos de tierra pero había una jornada en la que pillabas un campo de grama. En mi época me tocó el del Villamarchante. Ayer, una vez terminó el partido, mi chaval me reclamó porque se le había encalado el balón de la Liga que le trajó Papa Noel en el colegio de al lado. Me llevé al niño y a mi sobrino para que aprovecharan su descanso escolar más allá de los inventos electrónicos del demonio. Reconozco el delito de allanamiento de morada. Me subí a la valla, salté y rescaté el balón. Con botas de tacos. Me lo pensé por el aviso de videovigilancia pero al final opté por el salto para evitar el sermón en casa sobre la pérdida del balón recién estrenado. Cuando volví al campo donde estaba mi hijo con otros chavales, me uní a su particular pachanga. Mi hijo, mi sobrino y yo contra cuatro niños. De los rivales, uno con la camiseta del Valencia, otro con la del Barcelona, un tercero con la del Real Madrid y el último con una del Juventus. El del Valencia era el más pequeñajo de todos y el más pícaro. Entre ellos, en vez de llamarse por el nombre -desconozco si eran amigos o familia- se decían Messi, Cristiano y Dybala. Además, al del Valencia lo llamaban por el nombre de pila, nadie lo asociaba a ningún jugador de la actual plantilla ni a glorias pasadas. Me llamó la atención. Los niños de esta ciudad, en muchos casos, prefieren lucir una camiseta de un jugador argentino de un equipo italiano antes que una del Valencia o del Levante. Y los aspirantes a Messi, Cristiano y Dybala peloteaban en ese juego de niños mientras desde la otra parte de la valla, otros niños jaleaban los goles de las estrellas de la televisión. Yo, si quieren que les diga la verdad, me quedo con la reflexión de mi hija Vega, de siete años, ajena al fútbol pero enamorada de un futbolista al que conoció desde la grada del Alfonso Pérez de Getafe: «Papá, a Ronaldo le han dado el premio de mejor jugador del mundo porque tiene mujer e hijos». Curioso le pregunté: «¿Y si no a quién se lo hubieran dado?». Ella respondió: «A Zaza, el calvito, mi jugador favorito».

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