EMPUJADO POR LOS DATOS, ACOSADO POR LAS CITAS

El Gobierno se va de vacaciones con excelentes registros económicos y un preocupante panorama político a la vuelta del descanso

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

El Gobierno se va de vacaciones empujado por los datos y acosado por las citas. Los datos, me refiero a los económicos, son más que buenos: excelentes. Cada nueva previsión de crecimiento supera a la anterior y ya parece claro que este año, que se planteaba flojito en navidades, superará al final los registros de 2016. ¡Toda una revelación! La economía crece... y crea empleo. Podemos seguir debatiendo sobre su calidad y permanencia, pero es evidente que se crea empleo y que los registros del paro empiezan a abandonar sus niveles de escándalo anteriores para pasar a ser 'sólo' excesivamente elevados. Si seguimos a este ritmo, en unos pocos años llegarán a situarse dentro de los límites de lo aceptable. Hemos pasado de debatir con angustia sobre cómo reducir el paro a discutir con vehemencia sobre cómo aumentar los salarios. Un cambio cósmico.

Pero no solo es eso. Las cifras del turismo se desbordan y crean ya más problemas por exceso que por defecto. Las exportaciones se comportan de manera muy satisfactoria, lo que demuestra que nuestra competitividad se recompone. Las inversiones se incrementan, lo que refuerza nuestro futuro industrial. En lo 'macro', las cuentas públicas mantienen sus excesos pero han entrado en una senda de moderación que apunta a un mejor futuro. La prima de riesgo, que estuvo por encima de los 600 puntos, navega ahora por debajo de los 100; lo que, unido a la posición del BCE, permite una financiación bonancible.

Hasta aquí todo va bien. Pero, en cuanto dejamos la bonanza de los datos, aterrizamos en la crudeza de las citas. Esta semana Rajoy se ha visto en el brete de testificar por la corrupción. Él no supo nada de lo que todo el país sospecha y algunos jueces consideran probado. Desde luego, tiene que estar muy seguro de que no aparecerá ningún documento que pruebe lo contrario, pues de testigo no se puede mentir.

Pero esto pasará y me da que es un asunto bastante asumido por la ciudadanía, que tiene formado su criterio y que ha de elegir entre una Administración favorable con unos niveles de corrupción que han sido insoportables y la perspectiva de un gobierno Frankenstein que puede arruinar la situación económica sin, por otro lado, garantizar que se elimina la corrupción que ha sido rampante en todos los partidos con responsabilidades de gobierno y en algunos que ni siquiera administran presupuestos.

Luego viene el asunto catalán. Como soy un cenizo he llegado a la conclusión de que no tiene arreglo. La opción preferida por casi todos -incluidos una buena parte de los independentistas que no encuentran una salida mínimamente honrosa al embrollo- es que el Estado impida la celebración del referéndum anunciado, o no, para el 1-O. Pero esa acción, bien jaleada, agravaría las heridas, aumentaría la sensación de agravio, engordaría el victimismo y nos llevaría a unas elecciones donde la militancia independentista cogería aire y, quién sabe, si obtendría una nueva mayoría que nos conduciría al punto de partida.

Veamos la alternativa contraria. Se celebra el referéndum y lo ganan los independentistas. ¿Y? Tras provocar un drama y después una comedia, el asunto se ha convertido en una charlotada. La ONU ha anunciado que no mandará observadores y la UE que no reconocerá a Cataluña como Estado miembro. Las leyes de la desconexión crearán un caos inconcebible en el que nadie sabrá dónde ingresar los impuestos ni dónde cobrar las pensiones. Sin el recurso al BCE y con una buena parte de su deuda en manos de Montoro, el Govern se quedaría en un mes sin liquidez y la Generalitat quebraría en pocas semanas.

Ya sé que este es el relato de un desastre, pero me reconocerá que tiene sus puntos positivos. Nadie podría echar en cara a España la responsabilidad de lo sucedido y todos los catalanes podrían comparar las promesas emitidas con las realidades padecidas. La vacuna duraría décadas.

Que quede claro que, si tuviese alguna responsabilidad sobre el asunto, nunca aplicaría esta fórmula, por la sencilla razón de que castigaría por igual a esa buena mitad de catalanes que no han tomado parte de la locura. Pero, como no la tengo, me atrevo a comentarla.

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