Las empleadas de hogar

Arsénico por diversión

Son personas que trabajan 40 o más horas semanales, están cotizando y están resolviendo un problema enorme a la Administración

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La última vez que hospitalizaron a mi madre entendí la gravedad de su estado por una indiscreción, no por una extensa y completa explicación médica que es lo que hubiera sido deseable. Fue una enfermera quien le dijo a la chica que había estado cuidando a mi madre durante los últimos años: «ve buscando otro trabajo». Así. Así de directo, de crudo y de inhumano. Para mí, claro. Para ella, era el mejor consejo que podían darle pero para mí fue como una catana que me abriera en canal. Hasta la fecha. Solo espero que mi madre no lo oyera. Y aunque el tacto del personal sanitario fue entonces el de un erizo, su intención era buena: evitar a una empleada del servicio doméstico que estuviera mucho tiempo sin trabajo. No era ninguna frivolidad. Las personas en su situación no cobran paro, difícilmente reclaman indemnización por despido y tienen que elegir entre trabajar sin contrato ni cobertura legal o cobrar una miseria. O ambas cosas.

Y no hay razón alguna para mantener ese estado de cosas, tal y como reclaman las 100.000 firmas que la plataforma Grupo Turín de empleadas de hogar ha conseguido reunir y presentar en el Ministerio de Empleo. Al menos, razón con la que defender una desigualdad entre trabajadores. Es verdad que hay una pero es tan pragmática que da pudor reconocerla. En España hay unas 700.000 empleadas de hogar de las cuales poco más de la mitad están dadas de alta. Eso significa incorporarlas al sistema para recibir prestaciones por desempleo. Puede parecernos terrible o descabellado teniendo en cuenta cómo anda últimamente la Seguridad Social pero no es de recibo que sigamos mirando hacia otro lado con su realidad. Son personas que trabajan 40 o más horas semanales, están cotizando y están resolviendo un problema enorme a la Administración cuidando de niños, ancianos o dependientes cuyos familiares no pueden hacerse cargo porque eso de la «conciliación familiar» es solo un buen deseo que incluir en los informes de gestión en las empresas.

Además en su caso se produce una doble discriminación que se añade a esa desigualdad en relación al resto de trabajadores. La mayoría de personas dedicadas a tareas domésticas son mujeres, por eso hablamos de «empleadas» sin que en este caso la igualdad exija la neutralidad de género. Y en los últimos años son abrumadoramente inmigrantes cuya necesidad de papeles y de agrupamiento familiar les invita a soportar todo tipo de abusos. En definitiva una realidad laboral que no admitiríamos en ningún otro sector sin convocar concentraciones y protestas. ¿Cuántas veces han alzado la voz por ellas los sindicatos? ¿Cuántas amenazas de paralizar España han salido de los representantes de los trabajadores por las situaciones de semiesclavitud que vive un colectivo ya de por sí especialmente vulnerable? Y, sin ellas, el coste social sería tres veces mayor. Como mínimo. No sé. Si tan siquiera lo hemos calculado...

Fotos

Vídeos